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Stick it to the Man

Crítica

Con la comedia en el videojuego pasa un poco lo que pasó con el cine de acción después de los locos años 80: nos hemos empezado a tomar demasiado en serio a nosotros mismos.  Y seguramente parte de esta tendencia a abjurar de la comedia como género venga de la idea (muy errónea) de que hay que “madurar” para avanzar. Por eso durante muchos años hemos tenido tramas lacrimógenas y “profundas” mientras muchos abjuraban del humor de los títulos clásicos.

Por suerte la risa está volviendo, ya sea en forma de slapstick (con el maravilloso Jazzpunk) o de necedad y referentes frikis (Randal’s Monday). Y ahora Stick it to the Man.

Ray es un tío normal (al menos, todo lo normal que se puede ser en el mundo de Stick it to the Man) que tiene un accidente espantoso durante su trabajo de probador de cascos. Quién lo diría, ¿eh?

Tras un sueño particularmente extraño despertará con una enorme mano rosa neón saliéndole de la cabeza, que sólo él puede ver. Y no sólo eso, sino que también es capaz de “escuchar” los pensamientos de la gente que lo rodea. Aún en shock decide volver a casa, sin saber que una extraña agencia va a empezar a perseguirlo por su “don”.

¿Qué es eso que tienes en la cabeza?

En la práctica estamos hablando de un plataformas con forma de metroidvania que nos pide ir resolviendo puzles para seguir avanzando, aunque en el fondo Stick it to the Man es una aventura gráfica. Pero me gusta pensar que el juego de los suecos Zoink! es ante todo una comedia, porque durante las tres-cuatro horas que dura es imposible disociarlo del género. Tanto, que es el propio humor el que justifica lo que está pasando.

Quizá el sentido del humor es lo mejor que puede aportar el juego. Porque es fundamentalmente propio, tan propio que no puede existir fuera de él. En vez de abusar de memes para buscar la complicidad con el jugador, sus creadores han sido capaces de ir poniendo ladrillo sobre ladrillo de risa para generar un escenario tan propio que es gracioso por sí solo, sin necesidad de acudir a la referencia o la parodia. Que las hay, pero no son el núcleo principal. De hecho, no me sorprendería que el centenar de personajes que lo pueblan protagonizaran una serie de dibujos para porreros de culto.

El uso de la mano es omnipresente. Nos sirve para desplazarnos por el escenario “agarrándonos” a chinchetas, pero también para “abrir” algunas localizaciones arrancando un pedazo de cartón que las tapa y para ir pegando los stickers que usamos para alterar el mundo, que son la base de los puzles.

¿Y cómo los conseguimos? Una pequeña minoría es accesible a través del propio escenario, a plena vista o destapando edificios. Pero la mayoría vamos a crearlos materializando los pensamientos que vamos leyendo de los secundarios que pululan por cada localización (aunque la mayoría de veces sólo nos servirá para reírnos con los loquísimos soliloquios). Y a su vez, el uso que hacemos de ellos genera nuevos stickers.

Lo cierto es que los puzles no son nada difíciles, y más veces tardaremos en resolverlos porque no encontramos alguna de las pegatinas (seguramente hay que resolver algún otro problema antes para conseguirla) que porque no seamos qué debemos hacer. Están, más bien, para asentar la bufonada, para seguir creando ese mundo tan propio que envuelve el juego. Y lo hace tan bien que el jugador no va a preguntarse en ningún momento qué debe hacer: lo ha llevado a su dimensión humorística y le ha hecho entender la lógica surrealista que lo permea.

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¡TEEEEEEEEED!

No sólo es el humor en forma de chiste o de interacción, sino el propio diseño del mundo. Parece que esté todo hecho con una sola cosa en mente, y es la de la comedia en la que llevo un rato insistiendo. Los diseños de los personajes y los escenarios están a medio camino entre lo grotesco y lo gracioso, sus cartoncillos y recortables especialmente coloridos y el hecho de que sea todo en dos dimensiones es fruto de varias bromas (incluyendo el propio “respawn” cuando nos matan). Nada es al azar.

¿Y qué decir de la banda sonora? (Háganse un favor y óiganla aquí). Otro acierto salvaje de manos de Joel Bille: un recorrido de jazz y swing descacharrante, que acompaña a la perfección y termina de darle un sabor único al conjunto.

Mientras jugaba a Stick it to the Man no podía evitar pensar en Tim Schafer, porque la influencia de su peculiar forma de entender el videojuego (y de Psychonauts) es evidente. Y me da la sensación de que podría haber sido un título que firmaría él. Pero no, lo ha hecho un grupo de suecos y ha conseguido, apoyándose en recursos que muchos habían olvidado, crear algo único y realmente divertido: una comedia en forma de videojuego. Poca broma.

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Javier Alemán
Javier Alemán
Co-administrador de Nivel Oculto. Escribo libros y vivo una hora por detrás del mundo civilizado. Una vez Juanma me emborrachó en un restaurante alemán.

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