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Análisis: Party Hard

Party Hard
Party Hard

Una de las señales de que uno se une al club de los viejunos es cuando acaba convirtiéndose en ese vecino. Ya saben: el que no hace más que quejarse de los ruidos de los demás, reales o imaginarios, el que oye a tu mascota más que tú mismo y, sobre todo, el que llama a la policía si son más de las once de la noche y no hay un silencio absoluto. Lamento decirlo así, pero tú también, querido lector, vas a acabar pasando por ese aro y envejeciendo. Vas a ser el que se queja de la fiesta en vez del que se une a ella (o la organiza).

Lo sé, porque durante el insoportable verano que ha hecho en Canarias (de hecho esto fue en mayo), descubrí que el barrio al que me he mudado tiene, en la simpática plaza de debajo de mi ventana, semana y media de fiestas. Descartado cerrar las ventanas por el efecto sauna, no quedaba más que sandunguearse con la música involuntariamente y no dormir. En ese momento me transmuté en ese vecino, y me quejé mucho al ayuntamiento, con nulo resultado. ¿A que es bastante imaginable lo que me pasaba por la cabeza durante esa puta semana y media?

Sólo quiero dormir

Entiendo que por algo similar pasó el héroe de Party Hard. Porque, aceptémoslo, no dormir porque no te dejan es muy chungo. Así que, en el fondo, el videojuego de Pinokl Games, que antes fue producto de una Global Game Jam, es una fantasía de poder.

Que, a ver, muchísimos videojuegos son fantasías de poder. De ser un marine hipermusculado o un fucker empedernido (ay, cartitas del primer Witcher). Lo novedoso de Party Hard es que funciona como fantasía de poder en un ámbito absolutamente cotidiano: es una traducción de lo que imaginamos hacerle al desgraciado que ha montado una fiesta un miércoles por la noche cuando tenemos que madrugar para ir a trabajar. Una catarsis festiva que viene a paliar las noches sin dormir y a hacer que nos regodeemos haciéndoselo pagar al mundo.
Por su carácter ultraviolento y la música machacona que nos persigue en cada nivel, la referencia lógica es Hotline Miami. Aquí también tenemos niveles en los que nuestro objetivo será acabar con todos los asistentes a la fiesta, pero enseguida empezaremos a notar las diferencias.

Porque en Hotline Miami hablamos fundamentalmente de destreza y agilidad mental, mientras que en Party Hard existe un factor aleatorio y un componente más estratégico. No somos un antihéroe imbatible que puede llevarse a todo por delante, sino que nuestro propio avatar es endeble y puede recibir palizas o ser detenido por la policía.De hecho, vamos a descubrir muy rápido que la venganza hay que planificarla. Nos fijaremos mejor en los mapas, en las trampas que podemos tender (cosas como envenenar la bebida, talar árboles, reventar los altavoces…), en la cantidad de gente que podemos llevarnos de golpe por delante…

Lo cierto es que si tenemos paciencia, Party Hard no es nada difícil. Si somos metódicos, nos vamos escondiendo y tratando de ocultar los cadáveres, si nos mantenemos lejos de los ojos del gentío… Pero es que el cuerpo no nos pide eso. No querremos estar en una habitación acechando, sino reventando el salón con alguno de los objetos que podemos encontrar, prendiéndole fuego a todo y dejando sentir nuestra cólera por no poder dormir. O al menos, así es como lo he acabado jugando yo, siendo ese vecino.

Y claro, acababa frustrado, repitiendo una y otra vez el mismo nivel por mi empeño en terminar a lo salvaje. Hasta que empecé a entender al juego. Lo repetiré: Party Hard tiene mucho de frenesí, pero otro mucho de planificación. Su diseño de niveles es fantástico porque una vez entendamos cada localización, aprenderemos a hacer auténticas salvajadas con ella.

Aguafiestas

Uno de los detalles de agradecer en Party Hard es descubrir que a la orgía de destrucción y aguafiestismo han querido ponerle un hilo conductor, una trama que le dé cierto sentido a la roadtrip que estamos a punto de vivir. Se hace un poco predecible, pero no deja de ser simpático que hayan querido darle al jugador algo más que una serie de niveles en los que hacer el cafre y hagan una suerte de crónica del asesino de las fiestas.

Lo verdaderamente interesante es su sentido del humor y el pequeño resquicio de crítica social que lleva consigo. Porque además de situaciones locas y extrañas, descubriremos que hay gente que acaba siendo peor que el asesino, desde ver cómo hay gente que puede acabar matándose por una pelea idiota en medio de la fiesta hasta a unos SWATs que en cuanto entran en el escenario le dan hasta en el cielo de la boca a todo lo que encuentran por delante. Con mención especial a los asistentes de la última fiesta, de la que no haré spoilers.

Party Hard probablemente empezó como broma, como comentario de uno de los desarrolladores aún soñoliento por la noche de mierda que le habían dado. Es gracioso y divertido, pero no es una broma. Es un videojuego de pleno derecho, un título que nos exige prestar atención y planear la masacre, pero a la vez nos tira de la mano para que nos dejemos llevar por el frenesí. Con ese diseño de niveles tan robusto, se ha ganado trascender el chascarrillo que incitó su nacimiento. Viejunos como yo o no, seguro que les divertirá.

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