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Análisis: Ori and the Blind Forest

Puede que las palabras que voy a verter en este artículo de opinión no gusten a más de uno. Puede, incluso, que esté exagerando con todo lo que quiero expresar. Sin embargo, sé que lo que voy a escribir en las próximas páginas sale desde lo más profundo de mi corazón y dejo a la opinión del lector si crucificarme por ello o si acompañarme en el camino de la magia. La última vez que sentí lo que he sentido jugando a Ori and the Blind Forest se remonta a cuando tuve entre mis manos el título de los chavales de Thatgamecompany. Sí, hablo de Journey, juego que viera la luz allá por marzo de 2012.

No obstante, y aunque lo recuerdo con claridad, no fue ni remotamente tan fuerte y tan intenso como lo ha sido durante el viaje del pequeño Ori. Para mí este título fue un pilar de referencia porque supuso uno de los muchos ejemplos que te permiten gritar a pecho descubierto que el mundo del videojuego da pequeños pasos firmes hacia convertirse en lo que muchos anhelamos: un verdadero octavo arte. Porque el cine te puede hacer vivir momentos maravillosos, pero cuando tienes entre las manos un mando controlador y eres el encargado de tomar decisiones se cruza una frontera que el cine, por excelso que sea, nunca será capaz de traspasar.


Y es hoy, en marzo de 2015, cuando afirmo de nuevo a los cuatro vientos que Ori and the Blind Forest ha hecho dar a este mundo que tanto nos apasiona otro pequeño pasito hacia delante. Y eso me llena de orgullo, porque para los de nuestra generación, aquellos que crecimos y seguimos creciendo con el videojuego entre manos, supone algo verdaderamente mágico, algo verdaderamente sublime. Cuatro años de desarrollo se han cargado sobre su espalda la gente de Moon Studios. Y podrían parecer pocos, pero desde luego son cuatro años para lograr un producto tan perfeccionado y tan magistralmente ejecutado que se le podría caer la cara de auténtica vergüenza a las lacras de triples A que nos quieren intentar vender las grandes compañías.

Ori and the Blind Forest es pura poesía, es una carta de amor a corazón abierto a los grandes del género: Metroid, Rayman, Castlevania, etcétera. Pero es que Ori no se conforma con copiar la fórmula ya existente, sino que añade los elementos necesarios para darle identidad propia a un producto que, a mi parecer, roza la perfección en casi todos sus aspectos. Empezando por su apartado artístico, Ori bebe directamente y casi sin querer ocultarlo del estudio Ghibli. Algunos podrían decir que de El Rey León o de Disney, pero yo me negaría a aceptarlo y volvería al que he citado. Y es que nadie mejor para transmitir el misticismo y la fuerza de la naturaleza como ellos. Nunca en mi vida, y digo nunca en mi vida, me he encontrado con un producto tan bien animado y con tanto mimo. Sí, los dos últimos Rayman te daban ese aspecto casi perfeccionado de estar dentro de un dibujo animado gracias al UbiArt Framework, pero es que Ori supera a este último con creces.

Para demostrarlo, todos y cada uno de los pantallazos que tiene este análisis han sido tomados por un servidor y no han sido tratados con ningún programa de retoque fotográfico.

Empezando por la introducción, que es sencillamente sublime, hasta los espectaculares tramos de escape de los templos, de los que hablaré más adelante. Todos los escenarios, los enemigos, los objetos, la interfaz, absolutamente todo está magistralmente bien diseñado. La mezcla entre el 2D y el 3D es sencillamente espectacular. Está tan bien integrado que en ningún momento los elementos 3D desentonan para nada. Todo lo contrario, es una armonía tan perfecta que nunca parecerá 3D sino 2D con una excelente profundidad. Para que os hagáis una idea de la potencia del apartado artístico, estas son palabras de Thomas Mahler, uno de los jefes de desarrollo: “¿Ves este árbol con este champiñón de aquí? Pues te aseguro que no lo volverás a ver en ningún otro punto del juego. Es único y no se repite”.


La jugabilidad es exquisita. En este tipo de juegos, los plataformas con elementos de combate, o lo que ya se ha acuñado como término, los Metroidvania, las habilidades juegan un papel fundamental. Porque son el punto diferenciador que nos hace querer seguir avanzando para en un momento dado volver atrás a aquella extraña pared que en aquel momento no podías destrozar. Son tantos los juegos que ya hemos visto en este género que algunas habilidades como el doble salto se vuelven casi indispensables y es raro el juego que no hace uso de él. En Ori también tenemos el doble salto, sí, pero el resto de habilidades son tan peculiares y casi, casi tan originales que el progreso se hace sumamente mágico. Me encantaría entrar en detalle, pero se rompería parte de la magia y creo que es un momento que cada lector ha de vivir en su partida.

Ori and the Blind Forest no es un juego fácil y esto lo deja claro prácticamente desde el primer minuto de juego pasada la introducción. Tampoco quieren que sea un juego imposible, pero es cierto que acostumbrado a juegos con poca “chicha” cuando te suben un poco el listón te sientes mimado porque quieren que pases un reto, quieren que recuerdes que llegar al final supuso un esfuerzo extra. Si a esto le sumamos la perfecta fusión de las habilidades de Ori y la maravillosa ejecución de los niveles el resultado vuelve a ser, otra vez más, de sobresaliente.

En el apartado jugable, más allá de lo que he comentado, una de las agradables sorpresas es el sistema de guardado que utiliza. Ori cuenta con dos elementos: la vida y el maná. Ambos elementos representados en forma de bolitas que irán aumentando a medida que avancemos en el juego. Pues bien, para grabar bastará con gastar una bolita de maná y crearemos un punto de restauración en el sitio donde estemos. Cada vez que agotemos nuestra vida, volveremos al último punto de restauración que creamos: todo ello sucederá de forma instantánea. Si llevas treinta minutos sin guardar, habrás perdido treinta minutos de tu vida.


Cuando derrotemos a un enemigo recibiremos experiencia que, al rellenar una barra, nos otorgará un punto de habilidad. Punto de habilidad que podremos gastar en tres ramas: una para la fuerza de Ori, otra para las recompensas y otra para la vida. ¿Y cómo se derrota a los enemigos? Pasada la introducción se nos presentará una especie de hada que nos acompañará en nuestro camino y que, gracias a ella, lanzaremos rayos.


Pero si hay un momento sublime durante la jugabilidad de Ori es las pantallas de escape de los templos. En la trama tendremos que visitar tres templos y, tras realizar ciertas acciones, los templos empezarán a derribarse y habremos de escapar a toda prisa. Son tan frenéticos, están tan bien ejecutados y derrochan tal nivel de exquisitez artística que requerirán de toda nuestra destreza y atención para completarlos. Si morimos, nos tocará empezar de nuevo, pero los tiempos de carga son inexistentes, así que el frenetismo no se verá mermado por tediosas esperas.

La historia de Ori comienza cuando en una terrible tormenta el árbol ancestral suelta una hoja luminosa y dicha hoja llega a manos de Naru, un ser que habita en el bosque. Esta hoja resulta ser Ori, una criatura de luz con un objetivo muy poderoso. No obstante, Naru decide cuidar de él como si de su propio hijo se tratase. La trama está cargada de dramatismo y amor, con unos giros sorprendentes e incluso con un desenlace que lleva a la reflexión por parte del jugador. Todo desde un punto de vista cruel y tierno a partes iguales. La naturaleza es despiadada, pero no es eso lo que nos quieren mostrar en Ori, sino el misticismo y la ternura de unos seres con una personalidad tan fuerte que pareciera en todo momento que están vivos. En medio de toda esta vorágine se encuentra Kuro, un ser alado con aspecto de búho muy cabreado que nos hará la vida imposible durante todos y cada uno de nuestros pasos por Nibel. Contaros más de la trama sería cometer un sacrilegio imperdonable, así que el resto tendréis que descubrirlo vosotros mismos, si queréis.

En cuanto a la duración, Ori and the Blind Forest se puede completar al 100% en unas diez o doce horas, según lo hábiles que seamos a los mandos. No obstante, es una duración más que justa teniendo en cuenta los 19,99€ que ha costado el juego el día de su lanzamiento. Sin embargo, el juego no es rejugable más allá del hecho de volvernos a pasar de nuevo toda la historia y, como mucho, de querer conseguir todos los objetos que se encuentran diseminados a lo largo y ancho del único mapa que posee. Eso sí, idos olvidando de viajes rápidos. Aquí se va de un punto a otro del mapa a patita (nunca mejor dicho).

Por último, se merece una mención aparte la gloriosa banda sonora que acompaña en todo momento al juego. Una hora y media de exquisita orquestación por parte del compositor Gareth Coker que acompaña y pincela con absoluta magistralidad cada uno de los momentos clave del juego. El broche de gala que una experiencia de este calibre se merece.


Como conclusión, repetiré las mismas palabras que les dije por Twitter a los chicos de Moon Studios: “mil gracias por haberme permitido vivir lo que he vivido jugando a Ori and the Blind Forest”. Hoy quiero tener fe y creer que llegará el día en que pueda escribir otro artículo donde diga que he podido jugar a un título que me haya emocionado más que tú, Ori, porque esa será la prueba inequívoca de que seguimos dando pasos en firme y hacia delante.

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