Nuclear Throne

La mayor parte del universo de los videojuegos es un conjunto de obras diversas con características comunes, reclicladas con mayor o menor acierto de trabajos pasados, pero cada año, ocasionalmente pero sin falta, alguien nos sorprende con una idea vanguardista. En algunas ocasiones, incluso, su autor ha acabado convirtiéndose en gurú de la materia y sobre sus cimientos se han edificado futuros videojuegos. Para la posteridad quedaron escritos los nombres de Molyneux, Carmack y Romero, Sid Meier o Éric Chahi. Eventualmente, como digo, asistimos al nacimiento de un trabajo rompedor. Lo hemos vivido a lo largo de esta breve pero intensa historia con Tetris, Populous, Another World, Doom, Portal y unos cuantos más. Y cómo no, entre los actuales programadores independientes también hay quien se empeña en pegar una patada a los axiomas originales del videojuego clásico. No siempre inventan algo nuevo, pero retuercen y desmontan suficientemente los esquemas conocidos, ensamblándolos para ser adaptados a la modernidad, construidos como piedra de Rosetta de un nuevo lenguaje. Incluyo aquí a todos aquellos autores y estudios independientes que hicieron posible un salto cualitativo hacia otra forma de entender los videojuegos. Su legado es Braid, Limbo, World of Goo, Fez, Papers, Please, VVVVVV, Dear Esther, Amnesia: The Dark Descent, The Stanley Parable, Hotline Miami, …

Estos son los pioneros, aunque también hay artesanos que no aspiran a ser los santos patronos de la innovación, pero son capaces de coger los moldes más sobados para meterlos en un matraz con una especial clarividencia, con el objeto de filtrar lo mejor de su jugo, aplicando esta esencia en sus trabajos, reinventando aquello que ya hemos visto cientos de veces en diversas formas, asombrándonos como si acabáramos de descubrir Commando o Green Beret, como quien dice. Precisamente a este último grupo pertenece el videojuego Nuclear Throne, de los holandeses Vlambeer, el cuál voy a detallar a continuación.

La verdad es que el estudio independiente Vlambeer ya me llamó la atención con los prometedores, aunque sin llegar a la excelencia, Super Crate Box y Luftrausers, de modo que Nuclear Throne puede ser visto como su consagración. Ya en el 2013 lanzaron un prototipo en Steam y desde entonces lo han estado puliendo hasta el pasado diciembre de 2015, cuando salió a la venta en su versión definitiva. Vlambeer ha buscado nuevamente la reinvención de lo que llamamos arcade o juego de acción, pero tomando prestado de los roguelike el elemento de la aleatoriedad de escenarios y contenidos. En Nuclear Throne veo un conjunto de rasgos combinados de los juegos de recreativa y videoconsola de finales de los 80 y principios de los 90. La dificultad, la sencillez del planteamiento y lo inmediato de la acción parecen sacados de arcades como Smash TV o Gauntlet, mientras que el aspecto colorido al estilo del cartoon y el guion de los acontecimientos son más propios de la evolución de un videojuego de Super Nintendo o Mega Drive, como Zombies Ate My Neighbors o The Chaos Engine. Los elementos prestados del roguelike y el control del personaje, por otra parte, le acercan a títulos más modernos, como The Binding of Isaac y PixelJunk Shooter, respectivamente.

El objetivo de Nuclear Throne es simple. Escogemos entre uno de los dos personajes iniciales disponibles y disparamos a todo lo que se mueva en un simpático escenario apocalíptico, representado mediante una perspectiva cenital; una vez eliminados todos los enemigos, se abre un portal que nos lleva a la siguiente fase. Podemos portar hasta dos armas al mismo tiempo, que intercambiaremos en el momento deseado por cualquiera de las que vayamos encontrando a lo largo del camino, teniendo especial cuidado en conservar la munición disponible, porque es escasa. Las fases son cortas pero extremadamente difíciles, y no podemos memorizarlas porque se generan aleatoriamente. Además de encontrar decenas de armas distintas y la munición correspondiente, iremos absorbiendo la radiación que dejan los enemigos al morir; acumulando la suficiente y durante la transición de una fase a otra, se nos dará a escoger entre varias mutaciones con las que mejoraremos las cualidades del personaje.

Uno de los aciertos de Nuclear Throne consiste en aprender cuáles son las mejores combinaciones de las armas y las mutaciones, así como las estrategias de lucha que podemos aplicar con ellas, al saber adaptarnos a un estilo de juego u otro dependiendo de las mejoras que obtengamos. Tras horas de práctica y frustación empezaremos también a conocer el comportamiento de los enemigos y cada vez llegaremos un poco más lejos en el recorrido.

El difícil reto de Nuclear Throne es un estímulo para volver a jugarlo una y otra vez, y no aburre el tener que empezarlo desde el principio cuando morimos, porque al ser un roguelike cada nueva partida es distinta a la anterior. Aunque las pantallas se generan de forma aleatoria, el estilo de los escenarios va cambiando y sigue un orden, dividiéndose en siete zonas diferenciadas, cada una de ellas con sus enemigos característicos y custodiadas al final por un jefe, a cuál más peligroso. Otro bonito aliciente es el de ir desbloqueando nuevos personajes, todos ellos con distintas habilidades, y descubrir algunos caminos alternativos un poco escondidos que nos llevan a pantallas secretas.

Quizá al juego le hubiera sentado bien algo más de variedad en su contenido, aunque es cierto que la sencillez le hermana con los arcades que antes comentaba, compartiendo con aquellas máquinas recreativas la facilidad de poder ponerte frente a la pantalla y, sin más preámbulo, liarte a esquivar tiros con el único argumento de la diversión que proporciona la habilidad de conseguirlo. Para acabar, y como añadido, cabe destacar la inclusión de un modo de juego para dos personas de forma cooperativa, cosa que no hace más sencilla la aventura, pero le confiere esa impagable sensación de odio profundo a tu compañero por haberte escamoteado un paquete de munición o de cura. Es posible que todos estos motivos no sean suficientes para afirmar que Nuclear Throne es el mejor juego del año pasado, o al menos yo suelo buscar otros argumentos más complejos para escoger mis favoritos, pero sí puedo aventurarme a decir que será uno de esos juegos que permanecen durante mucho tiempo instalados en mi ordenador.

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