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Uno de los síntomas de madurez del medio está en ver cómo cada vez se usan más los videojuegos para expresar las inquietudes del propio autor. No inquietudes locas como el miedo a que te invadan los comunistas de John Milius (Homefront, Amanecer Rojo), sino las relacionadas con hacerse adulto, crecer, cargar con el peso extra que te dan los problemas de la vida…Inquietudes cotidianas, si queremos llamarlas así.

En este caso Elliot Collis se pone delante de un lienzo y usa su experiencia, emociones y la aceptación de su propia madurez para pintar Desolate. Y en este caso, “pintar” no es una metáfora barata, sino que lo uso para referirme a la construcción del juego, que está completamente ilustrado a mano.

La narración comienza con la invasión del pueblo de nuestro protagonista. Una horda de sombras se cierne sobre sus habitantes, y nuestro protagonista sacrifica a su familia y amigos para poder escapar. Desolado en una cueva acaba por darse cuenta del inmenso error que ha cometido, un daño que no se arregla pidiendo disculpas y que requerirá de él un cambio personal.

Desolate funciona como juego de puzzles y tiene una interacción muy curiosa, tres acciones físicas distintas que influirán en los personajes que nos rodean: tocar, hablar o comunicarnos con gestos. Por ejemplo, indicarle a una criatura que nos siga, hablarle a un familiar para que se calme o darle la mano. A esto hay que sumarle elementos de plataformas que le darán algo más de variedad a la aventura.

Lo más interesante es que el significado de los gestos va variando en cada acto, cambiando el resultado de cada uno de ellos. Tengo ganas de ver el progreso de este elemento y si finalmente la trama logra crear una buena alegoría de ese “hacerse mayor” que la gente de mi generación siente como inexplicable y sigue temiendo. Ahora falta que la gente en Kickstarter se anime a echarle una mano para que llegue a ser una realidad.

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Javier Alemán
Javier Alemán
Co-administrador de Nivel Oculto. Escribo libros y vivo una hora por detrás del mundo civilizado. Una vez Juanma me emborrachó en un restaurante alemán.

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