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The static speaks my name: un videojuego sobre el sentido de la existencia

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osa Schwarzer despierta el día de su cumpleaños con la intención de preparar una gran comida que sirva de excusa para la reconciliación familiar. Bajo ese pretexto pretende reunir en la misma mesa a su marido y sus hijos, pero ellos no comparten sus preocupaciones y desde bien temprano se marchan de casa, sin procurar antes una felicitación, dejando a Rosa triste y sola «en el vacío insípido de aquella no menos triste cocina». Ésta no es la única derrota que sufre Rosa en el día de su cumpleaños. Muy al contrario: no es más que la guinda a una vida que se resume en una concatenación de derrotas y que Rosa ya no sabe si es capaz de aguantar. Una única solución le parece sensata: poner fin a una existencia que, cada vez más, le resulta ajena, que se siente condenada al fracaso perpetuo a pesar de todos los esfuerzos que se hagan por no caer en él, que se anula a sí misma y que hace que Rosa ya no quiera ser ella misma. Pero Rosa no es capaz de dejar de ser Rosa.

Esta es la premisa que pone en marcha el cuento Rosa Schwarzer vuelve a la vida, del libro Suicidios Ejemplares, una colección de relatos por los que Enrique Vila-Matas hace desfilar a una serie de personajes grises y desamparados que no encuentran sentido a la existencia y para los que surge siempre una misma pregunta, explícita en el caso de Rosa: «esta vida para qué». Jacob Ernholtz, el protagonista de the static speaks my name, bien podría formar parte de esta colección. Su carta de presentación es, de hecho, el anuncio de su suicidio —«name: Jacob Ernholtz; age: 31; method: asphyxiation by hanging»— y nuestro primer contacto con su mundo es el sonido de un despertador que marca las 3:22 de la madrugada, seguido de la visión de un dibujo colgado del techo que reza «hoy será un día mejor». Tras ello salimos de la cama, ya en la piel de Jacob, y una serie de objetivos se encargan de hacernos recorrer la casa y de conocer, en el proceso, cuál es la situación del personaje.

l primero de dichos objetivos es tan simple como usar el lavabo de la habitación. Es decir: recorrer apenas unos pasos, abrir una puerta, acercarnos hasta el retrete. Pero la curiosidad se encargará de frenar nuestro avance y de hacernos procurar, antes de llegar al servicio, una mínima indagación.

“Jacob no actúa según las normas que todos hemos interiorizado”

Así encontraremos el cuadro de una pequeña isla con dos palmeras, la imagen de una pecera llena de camarones, una estantería repleta de libros y, a un par de metros, también la pecera que habíamos visto en la fotografía. Tras usar el lavabo, un segundo objetivo aparecerá en pantalla: desayuna. La dinámica será idéntica: nos dirigimos hacia el comedor en busca de algo que llevarnos a la boca mientras el juego se sirve de ese recorrido para introducirnos en el lugar de los hechos. Y apenas necesita ese par de paseos para mostrar desde el primer momento que Jacob es un hombre sumido en un estado caótico. El cuadro de la habitación se repite en prácticamente todas las paredes de la casa; varios televisores estropeados se amontonan junto a una puerta y unas ventanas contrachapadas; todo es desorden; la nevera está vacía. Un tercer objetivo surge al paso: cómete uno de los camarones de la pecera de tu habitación.

Este es el estado de las cosas en el que vive Jacob: aislamiento, soledad, negación. Y the static speaks my name es capaz de hacernos comprenderlo con unas indicaciones y una mínima interacción, resumida en movernos por el interior de la casa y ejecutar determinadas acciones. Con ello nos habla de lo mísera y reducida que es la existencia de este hombre, apartado de un mundo que le es ajeno y recluido por decisión propia en un espacio ínfimo en el que existir, sin más quehacer que el de andar de una esquina a otra, de leer algún libro, usar el lavabo, criar camarones, y después comérselos si es necesario. Hablamos de una reducción al absurdo de la existencia que también está presente en Rosa Schwarzer vuelve a la vida, que en palabras del propio Vila-Matas constituye uno de los temas centrales de la literatura moderna, y que se habría iniciado en la obras de Kafka y Beckett, quienes «nos han revelado la insuficiencia e irrealidad de la vida, el sin sentido de ésta; […] nos han descubierto la imposibilidad de vivir, e incluso la de escribir». Y es esa imposibilidad de la existencia, esa carencia de sentido, la que conecta the static speaks my name con Suicidios ejemplares, y con la tradición literaria a la que este nos remite.

Resulta especialmente reseñable la mención a Beckett, quien desarrolló toda su obra sobre el eje lenguaje-existencia, partiendo de la lingüística saussuriana —que desveló el sinsentido de la palabra: la arbitrariedad de las relaciones entre significado y significante— para cuestionar así no sólo el propio lenguaje, utilizándolo, diríamos, contra sí mismo, sino también la propia existencia que construimos sobre o entorno a él. En su Carta alemana (1937), en la que exponía las bases de su obra posterior, Beckett hablaba del estilo y las convenciones literarias como una máscara que la propia literatura debía atacar hasta destruir, para que de sus escombros supurase algo a lo que aferrarse, incluso cuando ese algo no fuese otra cosa que la pura Nada. Este propósito queda patente en Molloy, una de sus primeras novelas, en la que se traza el recorrido de un personaje, Moran, que parte desde la convención literaria —es, de hecho, un detective— hasta la deshumanización absoluta, perdiendo por el camino todo contacto con la realidad y con su entorno, todas sus posesiones, sus ideales, sus ideas, hasta no ser más que la negación de la propia existencia, una sombra que se arrastra y ya no recuerda ni siquiera qué quieren decir las palabras.

The static speaks my name

Y digo que me interesa esta mención a Beckett porque veo en su obra un referente claro para comprender the static speaks my name: mientras que Moran parte de la convención literaria y a lo largo de su historia esta se va reduciendo a su mínima expresión, también cuando nos ponemos en la piel de Jacob llevamos a cabo una serie de convenciones que tienen que ver con el lenguaje del videojuego, pero que a lo largo de la obra se ven cuestionadas a través de una reducción al absurdo que culmina con el momento del suicidio. En ambos casos, esta problematización del medio se acompaña de una puesta en crisis del sistema de representación: Moran es un detective que se vuelve incapaz incluso de recordarse a sí mismo.

Estábamos a punto de volver a la habitación para comernos un camarón. Por si no era suficientemente clara, la deshumanización del personaje se explicita en este gesto. Su mano entrando en la pecera (la misma pecera que ha fotografiado para convertir en un cuadro que colgar en la habitación) y llevándose al animal a la boca, masticándolo, tragándoselo. Jacob no actúa según las normas que todos hemos interiorizado, hay algo que se ha roto, y pese a todo somos nosotros los que presionamos el botón, un simple botón, y con ello empujamos al personaje hacia esa acción terrible —pues sabemos que es la única forma de hacer avanzar el juego. También Rosa Schwarzer llega a hacer cosas que ni ella misma habría pensado hacer: la desidia que arrastra el día de su cumpleaños la lleva a salir de casa, por la mañana, sin un rumbo fijo, a beber whisky en la calle con un mendigo, a comprarse una peluca para fingir normalidad ante sus hijos y su marido. La única diferencia es que, en el caso de Jacob, esa normalidad no ha de fingirse ante nadie.

El siguiente objetivo será chatear con tus amigos en el ordenador (que tiene de fondo de pantalla el mismo cuadro que adornaba las paredes de la casa). Pero en el chat no encontraremos más que una sórdida conversación en la que alguien —un desconocido, pues el chat marca 0/3 amigos conectados— nos explica lo caliente que está mientras nosotros, presionando G o H para elegir entre dos respuestas, tomaremos la voz de un Jacob que, independientemente de lo que decidamos, será incapaz de expresarse. Como si por un momento participásemos en una aventura conversacional en la que el protagonista no es capaz conversar. Mientras esto sucede, justo bajo la pantalla, en la mesa, encontraremos una carta que Jacob ha dejado escrita a su madre, en la que se despide de ella y le pide perdón: «Tengo que dejarte, no te enfades… Papá también se fue, lo siento». El último vínculo con la realidad ya estaba roto.

“ Y solo cuando hemos completado el objetivo y el plato del microondas vuelve a estar reluciente nos damos cuenta que no hemos vivido el descenso de Jacob Ernholtz”

En Molloy es la pérdida de la relación con su hijo lo que hace que Moran dé un paso definitivo hacia el abismo. Sin apenas posesiones, sin recuerdos, sin nadie a quien aferrarse, Moran dejará poco a poco de ser quien era, y romperá del todo con las convenciones sociales (en la práctica) y literarias (en el texto). No es casual que tras leer esta despedida de Jacob el siguiente objetivo que se nos marca sirva para reducir al absurdo el modo en que nos relacionábamos con el juego: limpia el microondas. No parece haber una motivación lógica tras esta petición, como si de pronto la ocurrencia hubiese asaltado a Jacob y el juego se encargase de tender puentes entre su mente desequilibrada y su cuerpo, que está en manos del jugador.

Y nosotros lo hacemos, como hasta ahora, como tantas veces lo hemos hecho en otros videojuegos: caminar del punto A al punto B y presionar un botón. Pero no es posible completar la acción. Para limpiar el microondas necesitas papel. Y el proceso se repite: ve del punto B al punto C, presiona el botón, vuelve al punto B, presiona otra vez. El esquema que tantas y tantas veces hemos visto repetido, reducido aquí a su mínima expresión. Encontrar el cofre y caer en la cuenta de que no tenemos la llave; encontrar la llave para poder abrir el cofre y volver. Y solo cuando hemos completado el objetivo y el plato del microondas vuelve a estar reluciente, solo entonces, nos damos cuenta que no hemos vivido el descenso de Jacob Ernholtz, porque Jacob ya estaba en lo más bajo antes de que nosotros llegáramos. El siguiente objetivo nos pide que decidamos qué hacer con el hombre atrapado en la jaula.

En busca de ese supuesto hombre en la jaula entraremos, si no lo habíamos hecho, en otra de las habitaciones de la casa, en la que encontraremos algo imprescindible para entender el suicidio de Jacob. En las paredes de dicha habitación el cuadro de la isla y las palmeras se repite obsesivamente, lo ocupa todo, y en distintas formas y variaciones: color, blanco y negro, negativo. La obsesión de Jacob va mucho más allá de lo que podríamos pensar en un primer vistazo. Algunas de las reproducciones están anotadas, como si se hubiese hecho un estudio a consciencia de la imagen. Una nos habla del posible paradero de dicha isla, e incluso se ha acotado su posición en un mapa. Otra está garabateada. Otras modificadas. Pero la reproducción más interesante es una en la que se ha estudiado a fondo la composición de la imagen, y sobre la que Jacob ha construido toda una posible lectura del cuadro.

Según él, las dos palmeras sobre la isla construyen una «referencia bíblica» que habla de la eternidad: la palmera de la izquierda tiene siete hojas y la última (la que él ha bautizado como «mano del Dios») está muriendo; la palmera de la derecha, en cambio, tiene ocho hojas, lo que Jacob interpreta como «una extensión del séptimo día (el día del Señor), que insinúa el infinito». De algún modo, lo que ve en el cuadro no es más que una representación de la muerte y la resurrección de Cristo, en el séptimo y el octavo día de la semana, y por tanto la perpetuación de la vida a través de la muerte. Eso es lo que ha obsesionado a Jacob, y por eso toda su casa está invadida por reproducciones de ese mismo cuadro, como si en él hubiese encontrado algo a lo que entregarse: como si el sentido que no ha sabido encontrar en la vida lo hubiese encontrado, a través de la interpretación del cuadro, en la muerte.

Rosa Schwarzer también encuentra el sentido de su existencia en un cuadro. En su caso, la relación obsesiva con él se da prácticamente por obligación, pues trabaja como vigilante en un museo y lleva meses pasando el día frente a la misma sala, dedicada a Paul Klee. Allí observa la oscuridad de El príncipe negro, una pintura que la invita a «adentrarse y perderse en el lienzo», a «abandonar el museo y la vida», a marchar hacia «el país de los suicidas». Pero en su caída en la desesperación, tras su entrada «en el reino de lo oscuro y la desesperación», Rosa encuentra un motivo para la vida, y el suicidio pasa a ser un mero trámite (también lo es para Jacob, que piensa en la muerte como una forma de perpetuar la vida). Como si al quitarse al peso de todo lo que la rodeaba hubiese encontrado algo que permanecía escondido. Y es observando el cuadro del príncipe negro cuando rosa decide que su auténtico suicidio debería consistir en «practicar el gesto al revés»: «un suicidio que le haga caer de lado de la vida». De algún modo la conclusión es la misma que la de Jacob: aferrarse a una construcción mental que le asegure que su suicidio no será la negación de la existencia que durante tanto tiempo ha detestado, sino la reafirmación de una existencia nueva, mucho más pura, que se escondía bajo una pesada máscara.

The static speaks my name

En el camino hacia ese supuesto sentido subyacente que Rosa y Jacob persiguen, ambos se han tenido que deshacer de todo aquello que suponía una carga. Y en ese proceso creen haber encontrado algo nuevo y puro, pero ¿a qué precio? En la renuncia a las convenciones que sostenían su vida en pie, ambos han sufrido un proceso de deshumanización que les ha supuesto no solo una actitud beligerante hacia su propia existencia, sino también hacia la existencia de los demás. Moran también sufre ese proceso en Molloy: la deconstrucción del detective implica no solo la pérdida de su hijo sino también, en cierto momento, el enfrentamiento y el asesinato de un desconocido. En el caso de Rosa no se llega tan lejos, pero sí pasa por una situación similar cuando intenta dañar a su propio hijo lanzándole un bote de cristal que pasa rozándole el rostro. El caso de Jacob —quizás porque, a diferencia de Rosa (que convive con su marido e hijos), no hay nada que le ate a su vida anterior— sí llega al extremo. Tras investigar por última vez la casa encontramos, efectivamente, al hombre atrapado en la jaula. Y junto a él, cómo no, un caballete y cuadro sin terminar. Una nota sobre un pintor desaparecido enganchada en la nevera sugiere la identidad de este hombre. Pero eso ya es lo de menos. Lo que importa es cómo the static speaks my name nos arrastra a un pozo de oscuridad y, una vez ahí, nos plantea una última decisión, casi ridícula, «decide qué hacer con el hombre en la jaula». Hay dos opciones: abrir la jaula o electrocutarlo. Ambas se ejecutan de la misma forma. Se trata, una vez más, de desplazarnos hasta el objeto y apretar un botón. Y decidamos lo que decidamos, el último objetivo permanecerá invariable: vuelve a tu habitación y deja tu cuerpo descansar.

No sabemos si Jacob cree realmente en su lectura del cuadro, si de verdad tiene fe en una posible eternidad que conecta la vida y la muerte, y si, como Rosa, cree que su suicidio puede llevarse a cabo en sentido contrario, cayendo del lado de la vida. Quizás sea este el mensaje en el fondo del relato y del juego, y también en el Molloy de Beckett: si librarnos de una existencia que nos resulta absurda es un camino plausible para comprender cuál es el sentido que la pone en movimiento (si es que hay algún sentido), y si es posible andar por ese filo sin caer del lado más oscuro del ser humano. En definitiva, decíamos que the static speaks my name aprovecha las convenciones del videojuego para reflexionar sobre cómo construimos sentido mientras Jacob intenta hacer lo mismo con su propia existencia. Y el final no podría ser otro que repetir el esquema de siempre: esta vez toca andar hasta el armario de la habitación, acercarnos a la soga, pulsar un botón para colgarnos.

Y cumplir con nuestro objetivo.

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Mario García
Mario García
Azúcar, libros y una Supernintendo fueron los ingredientes escogidos para crearme. Veinte años después me tatué un Mew en el tobillo y me metí a Estudios Literarios.

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