In Dreamcast, Opinión, PS2, Sega, Sony, También escribimos

   En mi infancia tuve tan pocos juegos que recuerdo perfectamente la historia de cómo descubrí cada uno. Y tenía tantas barreras, me costaba tanto hacerme con uno, que siempre que lo conseguía era a través de alguna historia de lamentable épica llena de patetismo y angustia. Ya os conté la historia de cómo conseguí mis dos primeras consolas y descubrí Ecco The Dolphin. Hoy toca el turno de Ico.

   En mis tiempos mozos tenía un amigo. Mi amigo era uno de esos chicos envidiados por todos los demás porque sus padres estaban separados e intentaban comprar su amor con regalos. Regalos con los que los demás sólo podíamos soñar o, como mucho, ahorrar como judíos.

   Había algo por aquel entonces que yo ansiaba más que nada en el mundo: una Dreamcast. Y, claro, mi amigo la tenía. La acompañaba además con tantos juegos que muchos no se los llegó a pasar. Vale, ahora yo también lo hago, pero por aquel entonces me parecía inadmisible que alguien no exprimiese un videojuego al 300%. Yo, que sólo había tenido cinco juegos en mi querida y malparada Saturn, que me sabía las demos de memoria, que equiparaba los manuales a una Biblia… Y fantaseaba con tener algún día mi propia Dreamcast y pedirle prestados aquellos juegos que seguramente no echaría en falta si no se los devolvía…

   Y llegó 2001. El padre de mi amigo se presentó en su casa con un paquete bajo el brazo, al día siguiente no se hablaba de otra cosa en el colegio; le habían regalado una Play 2. Estaba exultante, el muy cabrón, restregándole a todo el mundo que su papá tenía mucho dinero y le compraba todos los caprichos. Y entonces lo vi claro; esa era mi oportunidad. Así que un día me acerqué a él en el recreo y, como quien no quiere la cosa, lo dejé caer, algo así como “ahora que no usas mucho la Dreamcast me la podías dejar unos días…”. Y el muy hijo de puta, casi sin mirarme, con toda la naturalidad del mundo, con una expresión de suficiencia y superioridad de la que Cospedal se sentiría orgullosa, sin dar la más mínima importancia al asunto, me suelta:

-Ya no la tengo. La tiré.

-Po… po… ¿por qué…?

-Ahora tengo LA PLEY DOS.

   Imagínate a un niño subsahariano de esos que caminan 5 kilómetros con un cubo de agua en la cabeza tres veces al día viendo a alguien lavar su deportivo con una manguera; así me sentí yo. No la vendió para comprar juegos de Play 2, no se la regaló a un amigo, no la guardó en el armario, no la donó a la ciencia. No, simplemente la tiró, como el que tira un pañal usado, un plato roto o un viejo en un asilo. Así de fría puede llegar a ser la mente de un niño.

   Al cabo de unas semanas llegaron las notas, tan sólo unos días después de mi cumpleaños. Y ahí estaba yo, con unos resultados académicos de los de “mamá, acabas de perder tu autoridad para echarme broncas durante una buena temporada” (ojalá eso fuese cierto…). Y sí, una Dreamcast cayó en mis manos. Yo no tenía la suerte de mi amigo: sólo pude disfrutar de cuatro juegos hasta muchísimos años después. Incluso tuve que escoger entre una memory card y un juego nuevo en un par de ocasiones, y la avaricia siempre pudo conmigo. Mi padre no comprendía la importancia de una tarjeta de memoria; “¿puedes jugar sin eso? pues entonces es que no lo necesitas”. Pero SEGA, que por aquel entonces todo lo podía, se quitó tranquilamente su guante blanco de la mano izquierda y, sujetándolo tenso con la derecha, abofeteó a mi padre en la cara. Mi tercer juego de Dreamcast fue el juego de mi vida, ese del que no me atrevo a escribir por miedo a no estar a la altura: Phantasy Star Online. Con el juego ya en casa, recién desenvuelto tras hacerme daño en las rodillas de lo rápido que me abalancé sobre aquel paquete que había bajo el árbol de navidad (esto último es una dramatización), descubrimos al meterlo en la consola que la tarjeta era imprescindible para jugar. No le quedó más remedio que comprarla. Y todavía vendrá alguien a preguntarme que por qué le tengo tanto cariño a la SEGA de aquellos años (que fuesen unos cretinos al no meter memoria interna no se me pasaba por la cabeza de aquella).

   Pero el destino fue cruel conmigo, depositando una Dreamcast en mis manos cuando esta daba sus últimos coletazos… Como a un bebé enfermo acogí la última consola de SEGA, entre la alegría y el llanto. Sólo tuve cuatro juegos, pero qué juegos. Cómo los disfruté. Habría sido imposible rentabilizarlos más. No se puede tener una muerte más digna que la que tuvo esta consola.

   Sin embargo había alguien que no se lo pasaba tan bien. Playstation 2 es recordada como una de las consolas con mejor catálogo de cuantas ha habido, pero como parece tradición en las máquinas de Sony el primer año dejó mucho que desear. Y ahí tenías a mi colega, usando su máquina de 83.000 pelas para jugar a los Medievil, Tomb Raider o Resident Evil de la primera Play. No obstante, había un brote verde, algo marcado a fuego en su calendario: Metal Gear Solid 2: Sons of Liberty. El superjuego que volaría la cabeza de todo el que lo jugase asomaba el hocico en un todavía incipiente 2002. Pero, en un claro símil con la economía española, el brote verde resultó ser marrón, y mi amigo se volvió del puto Corte Inglés sin un juego que supongo que se había agotado, o algo así. Pero el niño no iba a volver a casa sin juego, ni de coña. Así que le compraron uno al azar. Al día siguiente no apareció por el colegio el triunfal semblante de quien consigue lo que quiere, en su lugar apareció el rostro sombrío y sin brío de quien se había pasado la semana vendiendo la piel del oso antes de cazarlo. No había Metal Gear, en su lugar estaba ese tío pesado que se presenta en una fiesta sin que nadie le invite. Cuando le pregunté que qué tal era ese nuevo juego su respuesta fue clara y concisa: “una mierda”. El 85 que le habían cascado en Hobby Consolas no hacía sino corroborar su opinión. Aquel juego se llamaba Ico.

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                            …………………………… Mientras tanto yo seguía a lo mío, que básicamente consistía en ser el tío más feliz del mundo, disfrutando de la ignorancia que permitía el hecho de que todavía no había llegado la primera factura de teléfono que Phantasy Star Online y mi primera novia pueden señalar como su obra más perversa. Total, que un día en el recreo se me acerca mi amigo con una cara que hacía pensar que me iba a contar que había pillado clamidias y con la boca pequeña me pregunta que si me apetece intercambiar unos días nuestras consolas, que quiere probar el Phantasy y blablablá… En ese momento sólo me faltó soltar un “perdona, ¿cómo dices? me parece que no te he oído bien ¿Podrías repetirlo más alto?”. Pero en fin, this is Spain y La Pley es La Pley, así que acepté. Esa tarde intercambiamos consolas. Esperé a que se fuesen mis padres para montar la PS2 y evitar preguntas incómodas del tipo de “y con eso en casa ¿cuándo vas a estudiar?”. Probé los juegos más prometedores, algunos espectaculares por aquel entonces; hoy todos olvidados y olvidables (FIFA 2002, te miro a ti). Y al final metí en la consola aquel tal Ico. Lo siguiente que recuerdo fue una intro y unos primeros minutos diferentes a la mayoría de juegos que yo había probado, un juego de esos que te hacen notar desde el principio que son especiales, diferentes.

   No llevaba ni 15 minutos con Ico cuando sonó el timbre. Abrí y ahí estaba mi amigo, con mi Dreamcast en la mano. ¡En la puta mano! ¡Sin protección! ¿Y la degradación por el Sol? ¿Y si se te cae? ¿Y si le caga un pájaro? ¿Y si te reviento la cabeza con tu asquerosa Playstation? No dije nada de eso, claro, pero lo pensé, vaya que si lo pensé, con muy mala leche lo pensé. Total, que el tipo venía a por La Pley, que resulta que papá le había comprado el dichoso Metal Gear.

   No volví a jugar a Ico (e intuyo que mi amigo tampoco). No volví a jugar a Ico hasta hace unos días, que me dio por emularlo en mi ordenador. No volví a jugar a él pero sí vi cómo se iba haciendo conocido, cómo heredaba la fama de su sucesor, Shadow of the Colossus, cómo poco a poco se convertía en un juego de culto (y ahora, que sus gráficos son paleolíticos, tiene un 93 en la Hobby…). Tampoco lo eché mucho en falta, si os soy sincero, porque por ese entonces ya tenía edad para revelarme contra el sistema y comprarme una GameCube para jugar a esa muestra de supremacía en el diseño de videojuegos por parte de Nintendo que es The Legend of Zelda: The Wind Waker.

   A lo que iba; este texto iba a ser la introducción de mi análisis sobre Ico, un simple parrafillo, pero como hoy planeaba acostarme temprano la cosa se me ha ido de las manos y claro, ha pasado lo que ha pasado. Y ahora aquí debería aparecer dicho análisis. Pero, asumámoslo, ¿qué os voy a contar yo a estas alturas sobre Ico que no sepáis o no se haya escrito ya mil veces? Así que permitid que me despida aquí, no sin antes hacer una última reflexión: mis padres se esforzaron todo lo que pudieron por alejar los videojuegos de mí. Durante mi infancia la que es mi principal afición tuvo en la casa donde yo vivía una consideración similar a las drogas, y esta no es una comparación tan exagerada como pueda parecer. Por el contrario en casa de mi amigo, tal y como él presumía, nunca hubo la obligación de terminar los deberes antes de jugar o de irse a la cama temprano porque al día siguiente había cole; tuvo todos los juegos que quiso y jugó a ellos tanto como se le antojó. Hoy en día yo estoy escribiendo en esta web, de temática evidente. Mi colega, que un día fue amigo y ahora es poco más que conocido porque así es la vida, tiene una PS3 en algún rincón de su salón cogiendo polvo, y la pobre no ha acumulado a estas alturas ni diez horas de juego. Papá, mamá, tomad nota.

………………………………………………………………………………………………………………

P.D.: ¿por qué cojones era amigo de ese imbécil?

 

Pablo Gándara
Pablo Gándara
Seguero resentido y gordopecero casual, encumbra medianías y despotrica del resto. Resumir su mediocridad es simple si se argumenta lo siguiente: es fan de Halo.
Showing 4 comments
  • Javier Alemán
    Javier Alemán
    Responder

    Leyéndote me he sentido hasta mal por haber vendido mi Dreamcast para comprar manuales de rol (sí, yo era así con 15 años).
    Creo que en el fondo, respecto a lo que dices de exprimir los juegos, nos ha pasado a todos. Cuando yo tuve la primera Playstation y dependía de la amabilidad y economía de mis padres, que tampoco estaba para fiestas, no me quedaba más remedio que coger cada juego que pillaba y descremarlo, sacarle todo todo y todo. Con el paso del tiempo, al tener yo mismo trabajo e ir ganando en capacidad adquisitiva, cada vez llegaban los juegos antes a mi consola y les dedica menos tiempo, hasta llegar al extremo ahora de tener la biblioteca de Steam cogiendo polvo y sólo dedicar el tiempo esencial a cada juego para pasármelo salvo que me haya gustado MUCHISÍSIMO.
    Por cierto, tu amigo era EL MAL.

  • redhotgalego
    redhotgalego
    Responder

    Al menos la vendiste, no la tiraste.

    Sobre exprimir los juegos, es curioso como el Bioshock Infinite lo abandoné a las pocas horas (puedes decir “te lo dije” si quieres”) mientras repito fases del glorioso Toy Story 3 para no dejarme ni un sólo item sin coger.

    Y sí, mi amigo era el mal, pero la culpa era de los padres (topicazo, pero es que joder, como sociólogo debo defender a muerte la importancia del proceso de socialización xD) porque al fin y al cabo todos queríamos ser él.

  • Avatar
    Twinsen
    Responder

    Permítame levantarme y aplaudir bien fuerte por su texto y, que cojones, por su maquetación maravillosa.

    Sus historias de superación personal serán carne de guionistas perezosos en breve, se lo aseguro.

    No sé si esto es ficción o un “basados en hechos reales”, pero la situación de “su amigo” es la habitual. Aquello que se tiene a montones nunca se valora, y los videojuegos no son una excepción, ya que durante mucho tiempo no dejaron de ser un elemento “de lujo” (ahora también lo son, pero hemos normalizado su existencia) que otorgaban un estatus en el recreo como pocos elementos.

    Yo le pondré un ejemplo más cercano:

    Hace pocos meses un compañero de trabajo con el que no tengo demasiado trato se me acercó y me preguntó si ya habíamos publicado el análisis de The Last of Us. Le dije que aún no, y que un compañero estaba con él (por aquel entonces el señor Alemán ya me había avisado de que lo tenía entre manos). El tipo de buen rollo se ofreció a prestármelo para poder jugarlo pero abrió mucho los ojos y se quedó muy extrañado al comentarle que yo no tenía PS3 ¿Cómo puedes tener una página de videojuegos y no tener PS3? La respuesta era larga y compleja, por lo que me limité a contestar con otra pregunta ¿Por qué te has comprado The Last of US y no cualquier otro juego o incluso alguno de PSN? Su respuesta fue que había visto en la tele el anuncio de The Last of Us y le había flipado, en cuanto a los juegos de PSN… me comentó que no entraba mucho y que lo que había visto alguna vez le parecía una mierda. La conversación continuó con los últimos juegos que había comprado, y evidentemente la lista era la obvia, llena de Assassin’s Creed y demás. Curiosamente todos ellos el día de salida.

    Toda la industria está montada para tu colega. Nadie montó nada para que ICO triunfara y nunca pusieron un anuncio del mismo en TV. Esto va de colas a las 12 de la noche para presumir en Instagram de ser el primero en tener el nuevo COD y grabar muy fuerte un unboxing. Quizá cambie con el tiempo (desde luego hay motivos para creer que puede ser así), pero viendo el rumbo que ha tomado la industria del cine, la música o la literatura, la verdad es que soy muy pesimista al respecto.

    • redhotgalego
      redhotgalego
      Responder

      Muchas gracias por las felicitaciones, la maquetación es el fruto de tantos y tantos mails con dudas idiotas respondidos por usted.

      Lo más llamativo de lo que comentas seguramente es lo de comprarlo en el momento de salida; un juego deja de ser una experiencia para convertirse en algo que contar y de lo que presumir, como esa gente que sale de fiesta para hacerse fotos que demuestren que ha salido de fiesta. Así para esta clase de consumidores un juego con dos años de antigüedad no tiene prácticamente valor. Las ventas se concentran de forma brutal en los primeros días, por eso quizás la mayoría de los juegos bajan de precio tan rápido: cuando ya se acaban los anuncios en la tele y deja de ser trending topic es muy difícil que la mayoría de los consumidores se lo compren y es el momento de rebajar para ir a por un público secundario: nosotros. En este sentido juegos como Bioshock o el mencionado The Last of Us, al menos, han conseguido llegar a un público masivo con propuestas que aspiran a ir un poco más allá que el Cod y el AC de turno pese a estar también atados a cánones comerciales, pero al menos espero que sirviesen para transmitir la idea a más gente de que un videojuego puede ser algo más que un matahoras para la tarde del domingo. A ver cómo evoluciona el tema, aunque pese a esto yo tampoco soy muy optimista.

Leave a Comment

Send this to a friend