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Columna: Recursos Humanos 1

Columna: Recursos Humanos

Sobre la materia prima de The Alters

Recursos humanos. Menuda palabra, ¿eh? Recursos. Humanos. Hay que repetir la expresión varias veces para darnos cuenta exactamente de lo que estamos hablando. Y se entiende mejor si invertimos el orden de los factores, aquí sí que se altera el producto. Humanos. Recursos. No sé a quién se le ocurriría el término pero supongo que en su inocencia no debió de caer en lo explicativo que era, para mal. Yo mismo he trabajado en ese sector y, aunque hay de todo, suele ser congruente con el significado último de la expresión. The Alters va de unas cuantas cosas, pero una de las principales es ésta.

Quizá el primer videojuego que fue capaz de hacerme pensar (repito, he trabajado en el sector) lo que realmente significaba el término fue Human Resources (qué oportuno), un proyecto que fracasó en Kickstarter pero que tenía una pinta impresionante y nos proponía, cómo no, usar a la humanidad como recurso en una guerra entre roboces gigantes y kaijus lovecraftianos. Una temática tan habitual en la literatura de finales del siglo XX (y también de los dosmiles) que por fin entraba en el videojuego y que ha progresado y se ha acabado desarrollando de manera increíble en el videojuego (ejemplos hay a porrillo, me vienen Human Resource Machine, Karma: The Dark World… )

Pero yo venía a hablar de The Alters con la alegría que da el descubrimiento tardío, el no hacer demasiado caso al ritmo de los lanzamientos. Imaginaba una cosa completamente distinta a la que el arte promocional del juego mostraba, quizá algo más ligerito, más graciosete y fácil más allá de la complicación que introdujeran las propias mecánicas. Pero no, para nada va de eso. Hay ecos sobre todo de la obra de Stanislav Lem (cómo no, siendo de un estudio polaco) y también de otros autores clásicos como Clarke. Y un poso profundo, algo que decir sobre lo que somos pero también sobre el uso que se nos da.

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La idea detrás del juego es conocida, ¿no? Estamos aislados en un planeta hostil en el culo del universo y no nos tenemos más que a nosotros mismos. El plural es aposta. Porque, llegados a un punto, tendremos que cruzar una frontera que ni nuestra ciencia actual ni desde luego nuestra ética habrán considerado. A bordo de la nave hay una suerte de superordenador cuántico que es capaz de trazar rumbos sobre la propia historia vital de Jan Dolski, el náufrago espacial que encarnamos. Un hombre es capaz de muchas cosas pero no de todo. ¿Pero qué pasaría si hubiera tomado otro camino en su vida? The Alters cree en la máxima vygotskyana de que somos la suma de lo que nos pasa y su progreso más allá de la moral es capaz de recrearlo. Jan, desesperado, desarrolla a otro Jan con un cambio en su biografía: no huyó del abusador de su padre yéndose a la universidad, sino que le plantó cara y se quedó en casa apoyando a su madre.

Este “nuevo Jan”, al que conocemos por “el Jan Técnico” es el primer recurso humano que desarrollaremos en el camino de vuelta a casa. Y, como es de esperar, no está nada contento con existir en un mundo en el que él mismo no era, sabiendo que su existencia fue una posibilidad metafísica que hemos hecho carne pero que no tiene más apoyo en la realidad que sus recuerdos, que no se corresponden con el propio mundo. Le hemos arrancado del éter y le hemos traído al infierno. ¿Realmente tenemos derecho a hacer esto?

Hay que recolectar minerales, materia orgánica, metales, reparar la nave, avanzar por el planeta. Y llegados a un punto, también tendremos que hacer uso de un laboratorio y una ciencia que desconocemos, pero que seguro que otro Jan podrá utilizar. Jugaremos a ser dioses una y otra vez y lo haremos espoleados por nuestros futuros rescatadores, que reclaman varios milagros para molestarse en enviar a una nave que nos recoja. La corporación que nos ha empleado nos ve como un recurso, pero el Jan primigenio también ve como recursos a los otros Jans. Se puede interesar por ellos, puede aprender también, quizá buscar hacerles el mayor bien posible… pero no existirían, no habrían llegado al mundo desde el vacío de potencial infinito si no fuera porque eran necesarios para trabajar.

Me gusta cómo The Alters no se corta con su propuesta ni rehúye las preguntas esperables en semejante quilombo. Podía haberse quedado en la superficie, en la gracieta de ver cómo es la convivencia entre varios Jans y exigirnos prestar atención a sus mecánicas para escapar del planeta, pero es un videojuego muchísimo mejor cuando nos lanza dilemas éticos, nos habla de predeterminación, libre albedrío y de cómo cada ser humano no es más que un engranaje en la terrible máquina de extracción de recursos y generación de riqueza.

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Hay varios momentos en el juego en el que tenemos que tomar decisiones que no son fáciles de tomar. Y aunque cada Jan tiene una idea sobre lo que hacer, la última palabra la tiene el primigenio, el demiurgo que ha convocado al mundo esta sucesión de conciencias. ¿Por qué no votarlo? ¿Para hacer cargar con el peso de la decisión al jugador? ¿Para recalcar ese papel de que los otros no son más que meros objetos, herramientas descartables? Y llegados al final, de nuevo, una última decisión.

Con el aprendizaje de todo lo vivido, de nuestras interacciones con todas las potencialidades de una vida que no hemos experimentado, ¿qué decisión tomará Jan? ¿Es la vida que ha creado una vida real? ¿Es un recurso con el que experimentar para hacer avanzar al resto de la humanidad? Objetos con alma, los otros Jans seguirán sin tener voz ni voto. Sin poder luchar por su propio futuro. Está claro que uno puede acabar utilizando su último deseo para liberar al genio de la lámpara, pero, ¿no sigue significando que hasta entonces ha sido nuestro esclavo?

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