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Columna: La(s) Llamada(s) de Cthulhu

Cómo Call of the Sea redime a Lovecraft

ESTE TEXTO CONTIENE SPOILERS SOBRE CALL OF THE SEA

Es sorprendente, y algo que me he hartado de comentar por aquí, cómo Howard Phillips Lovecraft sigue influenciando a todo tipo de creadores pasados 87 años de su muerte. No hay mes en el que no estemos hablando de algún videojuego que coja parte de sus Mitos, se apropie de los Cthulhus, Nyarlathoteps o Dagones para (re)contar sus historias. A veces por partida doble. Da igual que muchos de ellos se parezcan o sean tan similares que uno no sepa a dónde mirar (pienso en los protagonistas de los recientes The Call of Cthulhu y The Sinking City…), siempre hay más Lovecraft. Más horror cósmico. Más terror entre las esquinas de la realidad. Más criaturas imbatibles a las que podemos aplacar a escopetazos hasta el sombrío final del juego. Más Llamadas de Cthulhu.

De todos ellos, Call of the Sea, del estudio español Out of the Blue, es probablemente el juego inspirado en el autor de Providence que más me ha sorprendido en mucho tiempo. Como videojuego en sí mismo tiene una propuesta bastante sencilla, es una aventura de puzles en primera persona que nos invita a explorar una isla del Pacífico para encontrar a nuestro marido desaparecido. Se desarrolla en distintos niveles para no caer en el terrible error que habría sido hacerlo de mundo abierto, y en general los rompecabezas a los que nos enfrenta son asequibles, con el punto de dificultad justo para que nos pongamos un poco nerviosos pero sin romper la inmersión haciendo que vayamos a buscar a una guía. Un juego de ritmo tranquilo, de escenarios coloridos y agradables. Uno diría que su exploración de los horrores que hay más allá del cosmos y en las profundidades oceánicas es apacible.

Leía hace unos días el fantástico ensayo Contra el mundo, contra la vida, de Michel Houellebecq, en el que el autor francés trata de explicar (y explicarse a sí mismo) por qué funciona tan bien la literatura de Lovecraft siendo muchas veces tan antagónica de lo que se supone que es la forma idónea de escribir. Todo el texto es recomendable, pero creo que lo más interesante es la tesis central del libro: que Howard está desde joven en contra del realismo porque está en contra de la vida. De la vida en sí misma. No en un sentido existencialista que haga que uno resuelva esa disyuntiva siendo el que la dota de sentido, sino en una suerte de ateismo militante antivital. La vida es desesperante, los seres humanos son animales glorificados y apenas poco de lo que hacen es valioso. En cierto sentido Lovecraft usó su propia existencia como lienzo de su obra, que no se limitó a sus escritos sino también a una forma de vida antipática hacia el ser humano en general y con frío afecto anglosajón para varios individuos en particular (obviando el breve interludio de su matrimonio). El ensayo tampoco esconde nada de su rampante xenofobia y su influencia en sus escritos (desde los horrores ajenos que no son más que extranjeros odiosamente deformados hasta los terribles habitantes de Innsmouth que son tan terroríficos porque son mestizos) ni de sus propios “héroes” (¿conocen a alguna protagonista femenina… siquiera una secundaria?) o su aversión al sexo. Va con todo, y ese todo es muy interesante para acercarnos a Call of the Sea.

Volvemos a él. Para empezar, su protagonista es una mujer entrada en años. Es ella, enamoradísima, la que busca a su marido, y aunque va encontrando cosas inexplicables y ciertamente aterradoras en la isla, casi siempre reacciona con una indisimulada fascinación. Esa misma perplejidad por lo grandioso, esa capacidad de maravillarse ante los descubrimientos, también existe en la obra de Lovecraft, por mucho que la opaque el horror más absoluto. Y ahí está, de todas las características de Norah la que más la define creo que es esa suerte de ingenuidad científica, una pureza y curiosidad que son muy pulp pero que no suelen exhibir las mujeres. Todo el viaje de Norah es una suerte de reverso luminoso de Lovecraft. Porque pronto descubriremos que en esa isla habitaban otras criaturas, que vivían de forma extraña de acuerdo a sus propios códigos y dioses, y que secuestraron humanos a los que esclavizaron. Esos humanos fueron poco a poco despojados de su propia condición y mezclados, híbridos. Pero aquí no hay horror corporal, no hay miedo al extraño, no hay xenofobia. El camino hacia el mestizaje es un camino de dioses que eleva a los esclavos y los vuelve eternos. Enseguida empezaremos a vislumbrar algunas de sus costumbres, los lugares dónde vivían y a quién veneraban; y nunca se nos presentará esto como horripilante. Más bien es algo fascinante, pero también algo natural, algo tremendamente normal. ¿Tenían una suerte de democracia participativa y chozas algo alienígenas donde morar? Pues qué bien, no hay juicios.

Por supuesto, la isla no es un idílico Edén. Tropezaremos con los restos de la expedición de nuestro marido e iremos viendo cómo mengua a cada paso, cómo muchos de ellos pierden la razón o quieren utilizar el descubrimiento que aguarda en la isla para su propio beneficio. Incluso leeremos las cartas de nuestro amoroso cónyuge en las que va perdiendo la fe, aunque realmente aquí hay un truco que se resuelve satisfactoriamente al final. Pero es que la isla les ha recibido con hostilidad porque es lo que han llevado a ella. No es el caso de Norah, que no se tendrá que enfrentar a ninguna criatura ni a ningún enemigo mortal. Norah está volviendo.

Porque todo este camino es, realmente, un viaje de descubrimiento y autoaceptación. Una celebración de la vida, aún en las peores circunstancias. La isla y el ritmo de juego son apacibles porque nos están recibiendo, porque son nuestro verdadero hogar. Lo verdaderamente interesante de Call of the Sea es esa manera que tiene de darle una vuelta a todos los tópicos lovecraftianos y quedarse finalmente en la fascinación. Frente al horror de lo desconocido aquí está la pasión por lo que se va a descubrir. Frente al miedo al extraño y al mestizaje aquí tenemos la aceptación de nuestro propio lugar en el mundo y la devolución de alma a lo que no es humano. Frente al desapego, el amor más absoluto, el que es capaz de automutilarse para salvar al ser querido. Frente a los hombres que enloquecen y mueren ante un cosmos ajeno y peligroso, la mujer que crece y salva su vida entendiendo que ella no es como los demás, que no tiene por qué encajar.

Call of the Sea coge todos los elementos resobados, reutilizados y ya algo aburridos de los Mitos y les da la vuelta como a un calcetín. Es un anti-Lovecraft en toda regla. Es verdad que hay sueños, que hay pesadillas, que hay monstruos gigantescos bajo el agua, que el padre Dagón y la madre Hidra dominan los océanos. Pero también es verdad que no tenemos nada que temer de ellos. Que hay más cosas en la naturaleza y que todas ellas tienen su lugar. Quizá no el mismo que el del hombre, pero no uno más inhumano y desalmado.

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