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Song of Bloom

Al principio fueron solo manchas: un pequeñísimo desconchado en la pintura; una gota sobre el folio; la forma casi imperceptible de una mota de polvo. Podías verlas. Estaban ahí. Pero no decían nada. Un ruido tímido en mitad del silencio de todo un mundo. Una partícula de oscuridad en el Vacío.

Song of Bloom es una de esas obras difíciles de explicar con palabras. Su discurso emerge a partir del puro acto de juego, de la manera en que, como los buenos juegos de dispositivo móvil, va construyendo significado a través del diálogo háptico entre nuestro cuerpo y la pantalla. Su creador, Philipp Stollenmayer, lo define como una “intensa historia sobre todo”, contada “por piezas”, a través de una serie de “estilos artísticos cambiantes” que debemos aprender a “controlar”. Así es, al menos, en primer término: Song of Bloom se presenta como una breve historia con una fuerte carga conceptual, fragmentada en diversos momentos que toman la forma de ilustraciones interactivas —cada una de ellas con una estética y una idea central propia— por las que debemos navegar, activando el mecanismo que las ponga en movimiento. La sucesión de estilos y de escenas se nos presenta en forma de loop en el que la reiteración pronto abre paso a la ramificación de la experiencia: cada fragmento brota como una rama desde el tronco —el conjunto central de ilustraciones—, y abre la posibilidad de hacer brotar de ella misma nuevas ramas, extendiendo así la experiencia en varias direcciones, siempre desde unas raíces compartidas.

En este diálogo con las escenas participa también la voz de un narrador protagonista que, paralelamente, insiste en la clave conceptual de la obra: “…y de nuevo / veo las señales…”. La única forma de navegar las ilustraciones parece, en este punto, presionar sobre la frase que el narrador pronuncia, lo que nos hace avanzar hacia otra ilustración y otra frase. Esta voz habla de señales que se repiten, que le rodean, que le resultar familiares, pero que se escapan a su comprensión: “intento responder… / pero lo único que consigo… / son más señales…”. Mientras, las “señales” se suceden, dibujadas con línea blanca sobre fondo negro: un árbol sin flor, un cuadrado, un velocímetro, un cuerpo, un triángulo … Hasta que el loop retorna sobre sí mismo: “…y de nuevo / veo las señales…”.

Pronto las manchas comenzaron a extenderse hasta tomar cuerpo: una estrella distante en la pared; el contorno de una letra; una semilla que traspasa la tierra. Y descubriste que cada mancha era una señal y el tímido ruido hablaba su propio lenguaje. Pero seguías sin entender Nada.

En una de estas primeras imágenes, un cuerpo sostiene un móvil, y en la pantalla se ve el triángulo que el juego te ha mostrado unos segundos antes. Entonces lleva su dedo hasta el vértice superior y dibuja un círculo. Te invita, sin palabras, a que lo repitas. Es una forma de introducir la idea clave que pondrá en marcha el discurso del juego: las señales llevan a otras señales. Al hacerlo, descubriremos una nueva escena en que el triángulo se convierte en una pirámide, el negro y el blanco dejan paso al color, y de pronto caminamos por un desierto, y en el avance de nuestros pasos avanza también el día y la noche, y avanzan los astros, que van dejando pistas hacia nuevas señales. Cuando completamos esta escena —siempre terminan cuando identificamos un símbolo en concreto, algo así como una flor de seis pétalos— una flor brotará en el árbol que sirve de “menú” de juego, y a medida que encontremos nuevas escenas e interpretemos sus señales, las flores en el árbol seguirán creciendo.

Cada una de estas ilustraciones interactivas se cierra con una frase de la voz en off. En este caso, dice: “Nací en un momento en el que ignorábamos las señales que se nos mostraban”. De nuevo, una invitación algo obvia, pero necesaria para quien no hubiera entrado todavía en el discurso de Song of Bloom: presta atención, observa, relaciona. Si seguimos alguna de las pistas que se muestran en la escena de la pirámide, enseguida encontraremos nuevas escenas, con sus propias señales, que nos llevarán a otras escenas, y otras señales… Podría parecer, llegados a determinado punto, que éstas ya no dicen nada, que se conforman con agradar a al vista, y que su carga simbólica es tan abstracta y tan abierta a interpretaciones que, en realidad, cuando Stollenmayer habla de una “historia sobre el todo” está camuflando una historia sobre la nada. Pero la voz está ahí para reconducirnos: “Las señales… me hacen ver la imagen de conjunto”. 

Las señales no dejaron de aparecer, de formarse y deformarse, y comenzaste a entender algo: cada una era una pequeña parte de un todo mucho más grande. La cima de una pirámide hablaba sobre la luna, la luna sabía de tu gusto por la soledad, la soledad se acompañaba con cava, el cava te recordaba aquella vieja frase. Señales que llevan a señales, a través de la memoria, los sueños, las desilusiones. Y todas ellas, relacionándose, son como flores de un árbol que nunca deja de crecer, y cuya energía se retroalimenta de una misma raíz: la Vida.

Lo importante aquí no es lo concreto de cada ilustración. Cada señal por sí sola no es suficiente: de ahí que, en primer término, nos podamos sentir sobrepasados por esa acumulación de imágenes casi mudas. Pero en su relación con el resto y en el propio significado de esas relaciones que se establecen es donde todo cobra sentido. Para ello es imprescindible que el jugador se sienta predispuesto a participar en el juego: cómo te afectan, a qué te remiten, qué construyes con todas estas imágenes.

El discurso de Song of Bloom funciona porque se sostiene físicamente: a través de la interacción con el dispositivo —que, como sucede con los estilos artísticos, es siempre distinta y única para cada escena— el juego reafirma su mensaje. El propio proceso de navegar las escenas,  buscar las pistas, dibujar formas, repetir el loop, perseguir la siguiente conexión… nos hace partícipes de la resiginificación a la que se somete la obra: de unas señales incomprensibles como manchas en el vacío, de las que la propia voz en off se mostraba hastiada, pasamos paulatinamente a unas señales capaces de construir una concepción del mundo, señales que hacemos nuestras y que podemos usar, porque ya no hay vacío sino espacio del que apropiarnos.

Decía, hace unos párrafos, que puede resultar absurdo explicar Song of Bloom, pero nada más lejos: tomar unos indicios, relacionarlos, apropiarse de ellos y darles forma bajo un nuevo contexto. Si de algo habla esta obra es de eso, de darle la vuelta a las cosas, de tomar la luz que te ciega y convertirla en linterna, de mirar desde otros ángulos. Y de crear, pase lo que pase y sobre todas las cosas, crear como si no hubiese nada más en el mundo que lo que inventamos. Porque quizás no lo haya.

Ahora las señales son claras: hablan pasado, presente y futuro, se expanden cada vez más henchidas y orgullosas. El árbol entero ya ha florecido. Y lo que parecía Vacío era todo un Cielo por conquistar. Lo estaban diciendo las señales.

Mario García
Mario García
Azúcar, libros y una Supernintendo fueron los ingredientes escogidos para crearme. Veinte años después me tatué un Mew en el tobillo y me metí a Estudios Literarios.

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