¿Se puede elegir jugar a algo únicamente porque la protagonista lleva un perrete como compañero de batallas? Sí, se puede. No ha sido un verano fácil por múltiples razones, así que la posibilidad de embarcarse en un soulslike asequible y más o menos bonito acompañado por un perro de dos metros de alto como Beast of Reincarnation me pareció una magnífica idea para desconectar. Además estaba en Game Pass, así que ni siquiera tenía que pasar por ese engorroso trámite mental que supone elegir. El Capitalismo funciona habitualmente con la eficacia de un bisturí oxidado, pero abrumarnos con contenido para que nos saturemos y elijamos lo más fácil mientras pensamos que ha sido una decisión personal forma parte de sus heridas más profundas y difíciles de cicatrizar. Asumido esto, con el mando en la mano y el corazón puro, me dispuse a enfrentarme a 30h de la más absoluta nada que me ha ofrecido el sector en mucho tiempo.
agonizando dando muestras de cansancio, así que unos simpáticos surcoreanos dijeron “sujétame el Soju” y sacaron Crimson Desert. El título de Pearl Abyss es al videojuego lo que toda la filmografía de los Hermanos Russo al cine: un compendio de elementos resultones sin ninguna personalidad que funcionan gracias a la acumulación. Al igual que a Joseph y Anthony Russo, no hay en Crimson Desert un solo elemento identificable que puedas relacionar con el título. Todo es genérico y trillado porque la necesidad de crear un espacio seguro donde el usuario final no tenga dudas es la única manera de poder introducir cien mecánicas. Cuando llegamos a un Beast of Reincarnation o a un Crimson Desert no estamos en realidad jugando a ninguno de los dos, sino que estamos proyectando los juegos a los que se parecen para encontrar el suelo bajo nuestros pies mientras el título nos bombardea con su hoja excel.
El Triple A de autor ha muerto, eso lo sabemos todos. El último AAA de autor con éxito fue Death Stranding y es más que probable que el siguiente sea también un juego de Kojima. El autor ha desaparecido de la plaza principal del videojuego y cuando aparece, aunque sea como Doble A, se lleva una hostias como panes. Que se lo pregunten a Mixtape o Hellblade. El caso más sangrante es Alan Wake 2, quizás el videojuego más importante de esta década en lo que se refiere a ampliar las limitaciones del medio, ha vendido poco más de tres millones de copias en dos años. Por si queremos ponerlo en contexto: Crimson Desert ha vendido seis millones en poco más de cinco meses. Los números dan la razón a esta nueva tendencia y ahora mismo son los números lo único que importa en una industria que ha sido completamente incapaz de encontrar un equilibrio sostenible entre el blockbuster y el título normal. Los jugadores responden, el todo para el pueblo, pero sin el pueblo ha vuelto a dar con la tecla del dinero y no parece que el horizonte nos depare nada nuevo. Si el videojuego fuera otro medio cultural, este tipo de juegos podrían considerarse una parodia de la deriva Ubisoft, pero si algo le falta al videojuego es humor y esta no es una excepción. Al menos son divertidos, aunque no tengo claro si diríamos lo mismo si no tuviéramos el cerebro frito por scrollear demasiado, trabajar doce horas diarias o por haber tenido un verano complicado. Ortega y Gasset decía aquello de “Yo soy yo y mis circunstancias”, imagino que el videojuego es el videojuego y nuestras circunstancias y resultó que el perrete no era un compañero, sino una excusa llena de verdad entre tanta mecánica hueca en este verano a olvidar.
