El bálsamo PES 6

Un par de semana atrás, en sábado, acudí a una comida familiar y se dio un momento sinestésico. La sobremesa nos pilló justo en el partido del Real Madrid, y como unos sobrinos son muy futboleros, lo vi con ellos. Siempre me ha gustado el fútbol, pero con el tiempo me he ido alejando del Deporte Rey. Veo algún partido de vez en cuando, sobre todo mundiales o competiciones europeas, las finales, etc., aunque si tengo algo mejor que hacer (que puede ser cualquier cosa), me lo salto. Podría decir que por su mercantilización, pero la verdad es que esta existía cuando más seguía el fútbol, ya igualmente dominado por el dinero y los fichajes inmorales. ¡También nos roban el fútbol!, que dirían María y Ángel Kappa, algo que Soccer Story supo reflejar sin boutades innecesarias y pretenciosas. Así que, no sé, quizá sea simple desinterés, o el haber visto a colegas y conocidos llevarse tal desaforado tormento porque su equipo perdía que se iban a casa un viernes o un sábado como si tuvieran la gripe A.

La sinestesia ocurrió cuando escuché una frase del comentarista que me llamó la atención por su poética. Un jugador logró controlar una pelota que llegaba de un pase no muy ortodoxo, y sus palabras fueron: «Ha logrado domesticar el pase». Irremediablemente se me vino a la cabeza el tiempo que le estoy dedicando desde principios de verano a un juego que se lanzó hace más de veinte años: Pro Evolution Soccer 6, que cubrió la temporada 2006-2007, cuando las estrellas aún eran Ronaldo, Pirlo, Henry, Ronaldinho, con un Cristiano Ronaldo y un Messi veinteañeros. El Balón de Oro en esos años se lo llevaron Cannavaro (2006) y Kaká (2007).

Mi reencuentro con PES 6 llegó por una mezcla de contexto personal y desinterés ante ciertas novedades de los videojuegos. Llevo unos tres años en una mala situación profesional, sobrevivo con encargos freelance, y mis intentos de acceder a otros sectores, como el de los videojuegos, no han sido todo lo fructuosos que me gustaría. Tampoco buscar otros trabajos que no sean «mi especialidad» ha dado frutos. Si a ello le sumamos pérdidas en relaciones personales y algunos problemas familiares, se dan todos los ingredientes para que, al menos, me sienta un tanto deprimido y me ataquen regularmente el estrés y la ansiedad.

Entre eso, poder gastar lo justo y mi guerra declarada al FOMO, mi interés videolúdico viró hacia mi colección de consolas antiguas, especialmente SNES, PS1, PS2 y GameCube. He rejugado o jugado íntegramente Super Castlevania IV en la 16 bits de Nintendo, Viewtiful Joe y Eternal Darkness en el Cubo, y Tony Hawk’s Pro Skater 3 o Samurai Western para la segunda PlayStation, entre otros. Me quedan por delante A Link to the Past, Pikmin o Haunting Ground.

En esas que estaba, como decía, recordé la ingente cantidad de horas que le echaba en su momento a PES, y comencé a buscar y comparar información sobre el mejor título de la serie. Empecé por los de PS1, pero cambié rápido al PES 2. De ahí, al final, parece que la cosa está entre PES 6 y PES 2013 (que algunos afirman es solo un remake de PES 6). Incluso he llegado a mods de PES 6 actualizados a hoy o bootlegs como e-Football 2025, que viene a ser un PES 2013 renovado. Pero tras probar todo, me he quedado con el sexto por distintos motivos.

El considerado en ocasiones no solo el mejor de Konami, sino también el mejor simulador de fútbol que se haya hecho, ofrece razones nada desdeñables. Las posibilidades que brinda entrelazar jugadas, por ejemplo. Esto sería aplicable al propio fútbol y a cualquier simulador de fútbol, pero en PES 6 abrazan la belleza. Una belleza, la del juego como actividad humana, sobre la que Frank Lantz reflexionaba en The Beauty of Games para dar un intento de definición: «La capacidad de un juego para producir diferentes resultados bajo diferentes condiciones es una —tal vez la— característica principal de su calidad como experiencia estética».

Si consideramos las palabras de Lantz, en PES 6 se crea belleza en forma de jugadas, de goles. No solo hay aspectos externos que cambian las condiciones (el campo, la meteorología, la condición física de los jugadores o si están lesionados), sino que cada partido, dadas las distintas cifras que cada jugador tiene en sus habilidades y que estas progresan con el tiempo, se hace diferente. Sin olvidar que podemos empezar una jugada desde el saque del portero, lanzar un pase largo, un pase al hueco al desmarque, colgarla, aprovechar un rechace o un error de los rivales, una jugada individual, un córner, una falta, de tiro raso, de volea, vaselina, con la cabeza, el pecho… Incluso en su simulación, PES 6 reproduce con fidelidad las jugadas tontas, rocambolescas y de carambola que se dan a veces en los partidos reales, con una precisión quirúrgica. Y en todas y cada una de esas condiciones (y otras tantas que se pueden dar), el resultado dependerá también de qué jugador controlemos. Si es uno con la agilidad baja, ante un pase quizá solo remate, pero si la agilidad es alta, lo más seguro es que remate de tacón, o de chilena si es un pase en el aire.

Las animaciones, por otro lado, son tan fluidas, tan naturales, que miran cara a cara incluso a las de los últimos FIFA y e-Football (no se me olvida cuando probé el primer e-Football y le dije a un amigo que los jugadores parecían Chiquito de la Calzada). Si añadimos la casi total ausencia de bugs (solo el árbitro parece cometer alguno, pitando faltas inexistentes muy pocas veces), al contrario de lo que sucedía en PES 2014, donde ni el Fox Engine le libró de los jugadores que remataban a su propia portería (considerado por ello una aberración en la serie), tenemos un videojuego que conserva todo su encanto y potencial más de veinte años después de su lanzamiento.

Jugable y rejugable, además, gracias al modo Liga Máster. Una liga que nunca acaba y en la que el game over viene provocado por la bancarrota, que no se dará solo si nos ponemos a fichar como locos, sino también si no ganamos partidos, pues dejamos de obtener puntos en la tabla, y puntos-dinero contantes y sonantes. En un símil, es como un PC Fútbol al revés, con partidos de calidad, pero una base de datos limitada. Avanzaremos temporada tras temporada, ascendiendo de división, o descendiendo, y cuando los jugadores originales comiencen a jubilarse aparecerán otros nuevos, inexistentes, ficticios, que permiten continuar el juego y que, todo sea dicho, casi molan más que los de verdad, obligándote a hacer de observador.

Esta jugabilidad eterna de PES 6 se la debemos, como el resto de la serie, al equipo encabezado por Shingo «Seabass» Takatsuka. A día de hoy no sabemos a qué se dedica, pero esperamos y deseamos que se encuentre sano y salvo, según está de genocida e intolerante el mundo.

Para mí, volver a PES 6 ha sido un bálsamo dentro de mi situación actual, bastante mejor que hace año y medio o dos años, todo sea dicho. Me permite partidas rápidas, como jugar tres o cuatro partidos en menos de una hora, desconecto de cualquier pensamiento negativo y me impone cierto orden en el día (cuando acabe el trabajo o vuelva de comprar o termine de escribir tal o cual correo, me hecho unos partidos; antes de ver la peli le doy un poco). Y lo hace siendo PES 6, veinte años después, con esa jugabilidad exorcizada y traída de vuelta al presente, donde disfruto más anclado en el pasado. Lo hace de un modo irreal, solo figurado, pero PES 6 me permite viajar en el tiempo, un tiempo en el que, al menos, estaba un poco menos amedrentado ante mis miedos, mi mala suerte y mi baja autoestima.

Tampoco es mano de santo. Si un día estás mal, estás mal, y se nota al jugar y que no te salgan las cosas, y va peor que mejor para el estado de ánimo, como ya observó hace treinta años Juan Alberto Estalló, en su obra de revisión, pionera en España, Los videojuegos. Juicios y prejuicios. Si te sientes deprimido o con un mal día, juegas y ganas, la autoestima sube; pero si pierdes, puede bajar. Algo, asimismo, que puede pasar con cualquier cosa que se nos ocurra hacer.

A mí, en cualquier caso, PES 6 me ayuda, igual que lo hace la lectura, el cine u otros videojuegos, pero con el juego de Konami, a veces me veo regateando la insatisfacción. Mi bálsamo ahora está siendo este, el tuyo puede ser cualquier otro juego, cualquier otra actividad, cualquier otra persona.

Quizá desempolvar el pasado sea ahora oportuno; quizá en ese pasado de anteayer encontremos formas terapéuticas; quizá la nostalgia a veces sí consiga aliviar el presente. Lo importante es conocer nuestras posibilidades de escapar de una determinada situación, aunque sea por un tiempo concreto, pues si lo conseguimos por un tiempo concreto es señal de que podremos convertirlo en permanente.

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