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Lofi Ping Pong y el gozo del fracaso

En Seven, la sucia, oscura y desasosegante cinta de David Fincher (thriller, neo-noir y terror a partes iguales), el metrónomo ofrece un salvaje simbolismo de la soledad en la que habita el detective Somerset, con un pie en la jubilación y que de pronto se verá arrastrado al más hórrido de los casos con el que se haya enfrentado en toda su carrera. Pero Seven no se queda en el simple morbo: Fincher supo reflejar los miedos de una sociedad contemporánea en la que el dedo acusador se mueve tan rápido de una persona a otra que funciona como una metralleta de ansiedad.

Lofi Ping Pong posee mucho de eso y también su propio metrónomo. Desarrollado por el misterioso Calvares, es una carta de presentación muy a tener en cuenta, sobre todo con la vista puesta en su nuevo proyecto, Kovox Pitch, que será lanzado este 2021.

A tenor de los comentarios que he visto en redes sociales y los de algunos colegas, parece que no fui el único que mordió el anzuelo de Cavares cuando decidió ofrecer un juego de pimpón con música lofi. La excusa parecía perfecta para relajarse a golpe de pala mientras se seguían los ritmos y melodías apenas insinuados, captados casi por intuición, de ese hip hop instrumental suave, sin estridencias y de tempo lento (aunque no tanto como el screw). No en vano, se ha convertido en un fenómeno en YouTube o Spotify, donde existen multitud de listas que la gente utiliza como paisaje sonoro mientras estudia o trabaja o simplemente para relajarse.

Durante los tres primeros compases —nunca mejor dicho— pensarás que va a ser un camino de rosas: manejar una mecánica básica mientras disfrutas de la sensación de ser partícipe de la música: coser y cantar. ¡Menuda superchería! Lo que se anticipaba una experiencia lúdica antiestrés, pronto se convertirá en un desafío a tus reflejos y a tu sentido del ritmo, a tu metrónomo interno, que se exterioriza en cada golpe de pala que devuelve la pelota con éxito. La curva de dificultad se dispara en picos bien diferenciados en bloques de tres: aparecen dos pelotas, viento que hace que la pelota cambie de dirección en el último momento (aunque con aviso en el track) e incluso una oscuridad que hace que no veas hacia dónde golpea la pelota tu oponente hasta que esta está en tu campo. Ganas te entrarán de gritar, se te escapara alguna maldición y por momentos desearás que el personaje femenino a quien controlas fuese en realidad Bayonetta, Jill Valentine o Senua y que el pimpón se convirtiera en una fantasía de poder, para así saltar sobre la mesa y arrancarle la cabeza a esa abstracción de hombre en pixel art y terminar el partido de una vez por todas.

Pero lo cierto es que, tras esa airada reacción inicial, descubres que Lofi Ping Pong, después de todo, sí te invita a relajarte, a despreocuparte, a olvidarte del dedo acusador que señala tu fracaso y disfrutar de él, gozar con él, con ese fracaso que provoca el reinicio inmediato de la canción una y otra vez. A veces, incluso, he tenido la sensación de que fallaba adrede para deleitarme con mi incapacidad para imponerme sobre la progresiva dificultad. Es una inversión de la idea de diseño tradicional de un videojuego y una de las grandes provocaciones de Calvares. Una cosa es convertir la muerte en parte de la narrativa, en algo parecido a una mecánica —al estilo de Miyazaki en la fórmula souls— y otra muy distinta desear la derrota, disfrutarla, tener la certeza de que el clímax de esa peculiar experiencia lúdica reside en no hacer bien las cosas. Y esa inversión no deja de ser paradójica, porque te deleitas en ser un perdedor pero a la vez deseas seguir avanzando: fluir entre los beats y dejar que el metrónomo marque el ritmo de tu orgásmica frustración.

Lofi Pin Pong hace suyas las palabras de Jesper Juul en The Art of Failure. An Essay on the Pain of Playing Video Games, sobre cómo al jugar a videojuegos (no siempre, habría que recordarle a Juul, aunque sí en general) nos sumergimos en «un comportamiento de autoderrota mediante el que le quitamos negatividad al fracaso y lo buscamos a conciencia». El danés perfila los videojuegos como un arte del fracaso, que nos permite sentirlo y experimentar con él. Calvares toma este cariz de los videojuegos señalado por Juul, se convierte en su mayor apologeta y lo lleva al extremo hasta casi convertirlo en otra cosa. Un radical de la decepción que quiere dinamitar el aprendizaje y teñir de nihilismo la jugabilidad a la vez que embadurna de hedonismo la derrota.

Pocas veces una mecánica tan primitiva, que se retrotrae hasta los mismos orígenes del videojuego (desde Tennis for Two a Pong), ha dado tanto de sí.

Por si esto fuera poco la narrativa de Lofi Ping Pong contiene más elementos e incluso se permite la crítica social (sí, en un juego de pimpón). Al pixel art, al modesto marcador que nos indica los únicos cuatro golpes que podemos errar antes de que se reinicie cada relajante track, al sonido de metrónomo que canta con cada golpeo de pelota y que se antoja opiáceo, por adictivo, hay que sumarle los mensajes que, antes de cada una de las quince fases que componen este relato con forma deportiva, nos dejan unos animales tan enigmáticos como variados y que recuerdan bastante en su excentricidad a las caretas de Hotline Miami. Un avestruz, un mono, un zorro, una foca, un cuervo… Todos ellos se convierten no solo en augures del fracaso, sino también en arúspices de nuestras propias palabras inmediatamente futuras, las mismas que pronunciaremos transcurridos unos segundos en la siguiente fase. Algunos de esos mensajes nos dicen cosas como «acéptalo: eres un luchador solitario», «tengo que hablar con alguien poderoso», «odio todo esto», «por qué me está pasando esto a mí», «tengo buenas noticias, vas a perder» o «tienes que ser agradecido».

Si no viviéramos en una sociedad en la que «hay gente que herviría tus huesos para hacer fertilizante» y «te miran a ti como si fueras una comida en potencia» —como decía el protagonista de La casa del hambre de Dambudzo Marechera en 1978—; una sociedad como en la que vivimos, en la que el éxito se erige como el ideal al que todos debemos aspirar y que nos coloniza sin compasión; si no viviéramos en esta sociedad, decía, no le daría más importancia a esos mensajes ni a una jugabilidad que nos invita a disfrutar del fracaso. Pero en conjunto, se me antoja atractiva una lectura en forma de peineta al triunfalismo y a la meritocracia, a querer ser más que los demás, a la competitividad inculcada con la papilla, a esa soledad tan indeseada como la de Somerset en Seven… Porque tanto la película de Fincher como Lofi Ping Pong comparten una visión de la sociedad contemporánea como omnipresente desaprensión: una con un asesino en serie moralista, el otro con abusones en partidos de pimpón. Pero mientras en la primera fracasa el triunfo, en el segundo triunfa el fracaso. Debemos sentirlo, dejarnos arrastrar y repetirlo tantas veces como sea necesario para de ese modo terminar por reírnos de él, minimizarlo, pensar que si no ha sido ahora será en la siguiente. Y todo para que la obsesión con fracasar no se convierta en nuestra muerte social, anímica o física. Que la muerte, como en Seven, también habita en Lofi Ping Pong, solo que su desgracia, su blasfemia, se oculta en ritmos de baja intensidad y de lento tempo, en mesas instaladas en parques, en áticos, en playas, en almacenes…

Quizás de todo esto ya se nos quería avisar en el arte de la cubierta del juego y no lo quisimos ver: esa chica, la misma a la que controlamos, que no solo cierra los ojos, sino que también se tapa la cara con la pala, como si rechazara una realidad que se le torna indigesta, irresoluble, tanto como los partidos que juega contra un eterno oponente sin quitarse los auriculares de las orejas

Y lo más sorprendente es que Lofi Ping Pong no solo termina siendo relajante, sobre todo una vez que has conseguido superarlo por primera vez, sino también catártico. Porque te vacía, te deja a solas contigo mismo. Igual que el metrónomo de William Somerset.

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