In Opinión

Cuando el miedo no flota: Subnautica

Caemos desde el cielo dentro de nuestra cápsula de salvamento todavía sin saber lo que nos esperará abajo. Impactamos contra el agua, vivos pero maltrechos, y salimos afuera.

El inicio se nos antoja críptico, y el contraste de luz entre nuestra cápsula y la superficie del planeta 4546B nos ciega momentáneamente antes de atisbar la inmensidad del océano: una gigantesca página en blanco sólo manchada por los restos de la Aurora, la nave en la que viajábamos y que ha sido inutilizada por una fuerza desconocida. Contemplamos la quietud y el vacío de la superficie cuando el juego desvela su primera dicotomía justo al lanzarnos al agua y sumergirnos por primera vez.

Nos encontramos ante un lecho marino de poca profundidad, poblado por arrecifes coralinos de vivos colores entre los que se desliza una exótica variedad de especies de peces alienígenas de los que no tardamos mucho en percatarnos que son completamente inofensivos. La riqueza tonal de la fauna y flora que rodea a la cápsula nos calma en los primeros minutos de aventura. Nos damos cuenta de que nuestra casa flotante, de apenas 5 metros cuadrados, cuenta con un prolífico jardín que nos sustenta de todo lo necesario para sobrevivir y aclimatarnos a nuestro nuevo hogar.

No sabemos la temperatura del agua, pero la sentimos cálida. La luz se filtra desde la superficie y pinta con un azul turquesa nuestras idas y venidas a la cápsula para cocinar los peces que conseguimos capturar y fabricar las herramientas que podemos crear con los minerales que encontramos en los alrededores. La gestión de recursos es amable y permisiva, los peligros evitables, así que la estancia prolongada en el planeta es, en cierto modo, placentera. Incluso cuando cae la noche, nuestro jardín se viste de gala con una miríada de destellos emitidos por criaturas luminiscentes que nos recuerda que, mientras estemos cerca de casa, no hay por qué tener miedo.

Pero no podemos relajarnos, aún estamos muy lejos de nuestro objetivo. Tenemos que salir de este planeta.

Una parte integral de la experiencia de Subnautica comprende el hecho de ponernos el traje de biólogo marino y documentar en nuestra humilde PDA la totalidad de flora, fauna y biomas que iremos encontrando gracias al escáner que fabricamos al inicio del juego y que se convierte en la herramienta en torno a la que se desarrolla el mismo. El manejo del desconocimiento condiciona constantemente nuestra exploración, y por ende nuestra experiencia jugable.

Escanear, documentar, conocer, tratar y disponer serán nuestras únicas herramientas ante la ausencia prácticamente total de armamento. Las siluetas de animales mastodónticos que vislumbrábamos a lo lejos y que lanzan unos rugidos que hielan la sangre no son más que apacibles herbívoros portadores de sistemas de corales cuando tenemos el valor de acercarnos a escanearlos. El prisma desde el que nos enfrentamos a los habitantes de este mundo cambia y matiza el contexto, pero nunca opaca la noción de que Subnautica siempre existe al margen de nuestras acciones.

El petate que hacemos con alimentos, agua y herramientas va aumentando de tamaño cada vez que salimos de excursión, y el ciclo día-noche lo tenemos muy bien controlado, no queremos que una salida se alargue más de la cuenta y nos veamos envueltos en la negrura estando muy lejos de nuestro refugio.

“El manejo del desconocimiento condiciona constantemente nuestra exploración, y por ende nuestra experiencia jugable.”

Está atardeciendo, y vislumbramos la entrada a una cueva submarina. Calculamos el tiempo que vamos a tardar en volver a nuestra cápsula antes de que anochezca y es, a todas luces, insuficiente como para aventurarnos a entrar en ese agujero del fondo marino sin saber lo que habrá dentro. Preferimos actuar con cautela y volver para almacenar nuestras provisiones. Sabemos que es la decisión acertada porque en el camino de vuelta no paramos de escuchar ecos lejanos de algo vivo que aprovecha la ausencia de luz para desplegar su recital de disuasión. Tenemos agua, comida y recursos, y a largo plazo podemos sobrevivir, pero siempre existe esa punzada interna que nos hace querer abandonarnos a los cantos de sirena procedentes desde la oscuridad.

No parece banal la decisión de ambientar Subnautica en un entorno no real por parte de Unknown Worlds, la desarrolladora independiente a cargo. Esta elección, aparte de atender a decisiones de diseño, nos emplaza a entender los temas que el juego nos quiere transmitir desde contextos distintos pero que, al fin y al cabo, abarcan inquietudes comunes de la misma manera que Wall·E nos habla sobre el consumismo de nuestra era desde una distopía espacial o El Planeta de los Simios nos habla sobre esclavitud y racismo desde una realidad alternativa. Subnautica quiere plasmar la inclemencia de la naturaleza y la imposibilidad de dominarla, pero sobre todo quiere hablarnos del miedo más humano y real.

Las corrientes más conductistas de la psicología establecen la raíz causal de lo que se entiende formalmente por miedo, y en la mayoría de sus formas proviene del desconocimiento ante un estado potencialmente peligroso y las expectativas con las que contamos hacia la situación a enfrentar. Nuestro desconocimiento desde el principio es absoluto, y la inquietud aumenta según nos alejamos de la zona inicial tanto a la redonda como hacia las profundidades, así que la única manera de aplacar nuestro miedo frente a lo desconocido vendrá desde la más pura adaptación a un mundo invariable que nunca está abierto a concesiones.

A través de la radio con la que cuenta nuestra cápsula nos llegan intermitentemente señales desde las profundidades marinas de las que desconocemos su naturaleza. No sabemos si son preguntas en busca de una respuesta o vestigios residuales de una tecnología olvidada que nos habla sin saber y que nos cuenta lo que esconde el planeta alienígena 4546B. Desde una fase muy temprana tenemos una cosa clara: si este mundo quiere decirnos algo, desde luego, no lo vamos a encontrar en la superficie.

Todo esto nos lleva a un punto muerto. No sabemos qué hacer ni a dónde ir. Lo hemos intentado evitar, pero ya no hay manera de postergarlo más. A un kilómetro de nuestra cápsula de salvamento el lecho marino se pierde hacia abajo creando un pronunciado acantilado. Nos situamos al borde y apuntamos con los focos de nuestro submarino como quien se asoma desde un risco.

Nada. No hay nada. La privación sensorial es casi completa, y sólo se rompe por un grave y ominoso ruido blanco que nos hace sentir las toneladas de agua que tenemos sobre nuestras cabezas.

Un salto de fe. Durante unos segundos titubeamos.

Saltamos.

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Subnautica requiere que hagamos este tipo de movimientos a menudo. Un atrevimiento detrás de otro para poder avanzar. Y según vamos yendo hacia abajo en el planeta también lo hacemos a través de nuestra psique. Porque la capa formal de survival y gestión de recursos que presenta el juego durante sus primeras horas se queda en la superficie y en los alrededores de nuestro punto de partida. La metodicidad y el raciocinio van desapareciendo según nos vamos adentrando en las profundidades y las decisiones empiezan a llegar desde el instinto más puro.

A 15 metros bajo el nivel del mar decidiremos si invertir tiempo en construir una desalinizadora para que el agua potable no sea un problema. A 420 metros decidiremos si arriesgarnos a entrar en una gruta submarina donde podremos encontrar por fin el material que estábamos buscando o también podríamos morir a manos de cientos de inclemencias y perder equipamiento crucial tirando por tierra horas de progreso.

La avaricia romperá el saco más veces de las que podríamos remendarlo, pero no podemos parar. Hay algo de estimulante en adentrarse en biomas desconocidos cuando la exploración es tan libre como restringida. Libre por la inexistencia de barreras con las que cuenta el planeta; restringida por nuestras limitaciones de oxígeno y equipamiento, que convierten cada inmersión en una suerte de endless runner a pequeña escala en el que cada vez podremos llegar más lejos.

Pero la limitación más importante que impone Subnautica y la que realmente le hace brillar con luz propia no viene de nuestra botella de oxígeno. La barrera más difícil de superar en el planeta 4546B siempre es el miedo.

Hades es un término referido en la mitología griega al dios de la muerte y que cuenta con una interesante desambiguación, ya que también designa al inframundo: un reino bajo tierra compuesto de diferentes zonas al que iban a parar los seres terrenales organizados según la condición que tuvieran en el mundo de los vivos. Esta última definición es la que más nos interesa y nos sirve para establecer el paralelismo con otro término mucho más “terrenal” que toma su nombre del averno griego: la zona hadal.

La ciencia de la oceanografía divide las masas de agua en distintos niveles según su profundidad, y la última de ellas es esta zona hadal, que sólo se encuentra en las grandes fosas abisales. Este bioma comprende más de 15000 especies marinas distintas que reciben el nombre de fauna abisal y cuentan con cualidades difíciles de ver en la naturaleza como bioluminiscencia y distintos tipos de gigantismo. El despliegue enciclopédico que podemos poner sobre una mesa en lo referente a estas criaturas puede recordarnos a una versión feral del Freaks de Tod Browning: amorfidades con grandes ojos, vísceras visibles o dentaduras gigantescas adornan la morfología de los habitantes que pueblan las zonas del mar que permanecen bajo penumbra constante. Es muy difícil no torcer el gesto mínimamente al observar imágenes de algunos de los especímenes que todos hemos podido tener entre las tapas de nuestros libros de ciencias naturales de secundaria.

La fauna abisal puebla nuestros océanos, pero aun así la sentimos ajena, más cercana a la imaginación del hombre que a unos seres que se reproducen, alimentan y viven a pocos kilómetros de nosotros. Justo aquí es donde radica una de las bazas de Subnautica para construir el miedo en torno a percepciones reales desde un mundo ficticio. Llega un punto, según vamos descendiendo, en el que las criaturas alienígenas que vamos encontrando empiezan a cruzar la barrera asumible entre lo que sabríamos catalogar claramente como extraterrestre y entre lo que no sabríamos distinguir como una de las criaturas abisales que formaría parte de una enciclopedia animal. Sobrevuela constantemente la existencia de un valle inquietante que difumina nuestras sensaciones con respecto a lo que estamos viendo y al desconocimiento con el que el ser humano cuenta aún de la fauna del fondo de nuestros mares.

“La limitación más importante que impone Subnautica y la que realmente le hace brillar con luz propia no viene de nuestra botella de oxígeno. La barrera más difícil de superar en el planeta 4546B siempre es el miedo”

Todo está listo para que hagamos nuestra última incursión hacia las profundidades en busca de los materiales que nos hacen falta para por fin construir el cohete que nos hará salir de este planeta. Cargamos en nuestro submarino alimento, agua, baterías y todos los recursos que llevamos generando durante las últimas horas en nuestra base subacuática. Hace días que conocemos el camino al punto más profundo del planeta, pero esta vez llegaremos hasta el final.

La incursión es sorprendentemente tranquila hasta que llegamos a la zona de recolección del material más valioso del planeta. Energía de nuestro submarino: 76%; integridad del casco: completa; reservas alimenticias: suficientes… Confiamos en nuestra suerte y nos encaminamos a la salida del submarino, pero antes echamos un vistazo al radar de movimiento y nos paramos en seco. Un punto se acerca a toda velocidad hacia el submarino y entonces es cuando caemos: hemos olvidado apagar las luces de nuestro transporte de 54 metros de eslora cuando hemos parado. Corremos al cuadro de mando al tiempo que un golpe seco tambalea toda la embarcación. Apagamos las luces. Acto seguido otro golpe más fuerte que el anterior abre una brecha en el casco por donde comienza a entrar el agua. El submarino se está inundando, pero nosotros estamos quietos.

Sólo reaccionamos cuando caemos en la cuenta que todo el tiempo y esfuerzo que hemos invertido están dentro de ese submarino. Acudimos raudos a por el extintor y sofocamos torpemente el fuego que se ha creado en la sala de máquinas, pero el agua sigue entrando. Hay que sellar el casco y la reparación debe hacerse desde fuera, así que no nos queda otra que salir. Nos equipamos con nuestra herramienta selladora y encomendamos todas nuestras esperanzas a la oscuridad más absoluta cuando salimos hacia afuera. La linterna la mantenemos apagada, pero sellar una placa de acero suele generar un chisporroteo no precisamente discreto.

Reparación al 80%. No podemos volver la cabeza ni ver nada, pero afinando el oído sabemos que hay otro sonido superponiéndose por encima del sellado del metal. No paramos hasta el 100%, y cuando todo al fin queda en silencio confirmamos nuestras sospechas más infundadas: lo que sea que ha zarandeado nuestra embarcación está detrás de nosotros.

Antes de volver a entrar en nuestro refugio hay una acuciante pulsión en nuestra cabeza que nos dice que tenemos que darnos la vuelta y mirar. Desde un fundido a negro aparecen cuatro ojos en cuadrícula pertenecientes a una amalgama mezcla de pulpo y cangrejo de unos 10 metros. Su cuerpo semitranslúcido y bioluminiscente nos deja ver la maraña de órganos internos que palpitan al compás de su avance, lento y ominoso. Esta criatura muestra una actitud pasiva, pero nos quedamos totalmente paralizados hasta que decide volver a perderse en la negrura. Probablemente no nos haya visto, pero hemos preferido tomárnoslo como una advertencia.

La risa nerviosa con la que hemos extraído el mineral que veníamos a buscar nos ha durado todo el viaje de vuelta hacia nuestra base. Tal y como la naturaleza se nos muestra, inclemente, obtusa y ajena a nuestros designios, debemos saber que, si la respetamos y no nos pasamos de listos, ella siempre nos contestará siendo justa.

Finalmente construimos un cohete y despegamos. Nuestra vista desde la cabina se fija directamente en el cielo. Mientras atravesamos la atmósfera, las sujeciones no nos dejan volver la vista hacia atrás, pero, en cierta medida, lo agradecemos. No queremos mirar a ese océano por si se nos escapa la lágrima que intentamos no derramar pensando en que lo que nos llevamos del planeta 4546B significa muchísimo más para nosotros que lo que dejamos atrás.

La última lección que nos ha enseñado Subnautica perdurará de la misma forma que lo harán las anteriores, y, aunque todas ellas fueron distintas, siempre nos hablaron de lo mismo: nunca debemos enfrentar nuestros miedos doblegándolos o dominándolos, sino que hay que ser plenamente conscientes de su existencia, conocerlos, respetarlos y saber adaptarse a ellos para salir airoso hasta que vuelvan a aparecer.

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Fran Castillero
Fran Castillero
Malagueño que se cayó de pequeño en el pozo de las consolas y todavía no ha podido salir. Defensor de los videojuegos como obra cultural, curator de lo indie y legendario dador de chapas. Todos me decían que me quedara en las letras, pero al final acabé siendo Ingeniero de Diseño Industrial por llevar la contraria.

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