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Columna: Verdad y Mentira

Mixtape, música y recuerdos

Hay mucho que alegar sobre la nostalgia en una obra como Mixtape, y hay quien lo ha hecho mucho mejor de lo que yo podría hacerlo. No es el objetivo de esta columna, aunque de paso les invito a que cliquen el enlacito anterior y disfruten de la lectura. No, de lo que quiero hablar aquí es de por qué ocurre eso, por qué no podemos escapar de las mismas décadas una y otra vez y de la cada vez mayor canibalización de nuestro pasado frente a ese mundo sin futuro que tenemos por delante.

Bret Easton Ellis publica Los destrozos en 2023. Es su mejor libro en muchísimo tiempo, tal vez desde American Psycho (1991). Tengo la teoría de que prácticamente todos los escritores estamos atrapados en una serie de fechas, un periodo temporal de profunda significación del que apenas podemos escapar. Si logramos hacerlo nuestra literatura pierde fuerza porque pierde lo más esencial: pasamos a no tener nada personal que contar.

Y es que, ¿quién en sus sanos cabales no volvería a donde fue feliz? Basta con ver el cine de los ochenta para darse cuenta de cómo gran parte de sus guionistas estaban atrapados en los cincuenta. Es normal que los nuestros ahora estén en los ochenta y que poco a poco vayan llegando a décadas menos sexis que la representación absolutamente dopada que tenemos de los ochenta. Se vienen los noventa, se vienen los dosmiles, el nu metal vuelve a estar de moda. Quien crea ahora lo hace desde esa prisión. Decía Rainer Maria Rilke que la infancia es la verdadera patria del hombre y yo no puedo contradecir a quien escribiera los Sonetos a Orfeo. La infancia y la adolescencia son nuestra patria.

Bret Easton Ellis no puede ni debe escapar de los ochenta ni principios de los noventa. Representa ese momento de la historia de la humanidad con una brillantez que no ha conseguido emular cuando se va para otro lado. En verdad no tiene nada que contar fuera de la perversa noche californiana, de las drogas y el descubrimiento sexual adolescente. De eso y de los yuppies que nacen como consecuencia. Por eso tras dar tumbos creo que tomó la mejor decisión que podía para su última novela.

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Johnny Galvatron vive en unas coordenadas similares. Sí, las de un pasado que nunca fue, pero que en cierta medida pudo ser gracias a la música. Si en The Artful Escape se notaba que a su creador le habría flipado vivir en los setenta y acabar de fiesta con David Bowie, aquí es bastante visible la añoranza que siente por los noventa que no fueron: los de Ferris Bueller, Alta Fidelidad y el último verano de la infancia. Pienso en mí mismo cuando Galvatron me presenta a una protagonista a la que le desagrada que le hagan quitarse los cascos, que puede desarrollar una enemistad profunda con alguien por el pecado de no amar la música con la misma intensidad. Quizá no iba en patín ni tenía que ingeniármelas para pillar alcohol (pronto aparenté los 18 que en Españita pedían para comprarlo) pero lo que está claro es que viví con esa intensidad. Johnny Galvatron y yo, el uno en las Antípodas del otro, nos relacionamos seguramente con la cultura de la misma manera. Colonizados por los yanquis pero también embelesados por Joy Division y The Cure, leyendo a Nick Hornby y deseando salir de nuestro pequeño mundo en el que no había nadie así. Mixtape es nostálgico, claro, pero también es un refugio para los niños (y niñas) música, para los intensitos que quizá no vivimos nada de eso pero sin duda lo imaginamos. Habla de algo muy particular y que de alguna manera también es universal, de los recuerdos que tenemos de la adolescencia y la propia crisis de la mediana edad y cómo se enfoca en ella.

El Javier Alemán escritor se encuentra en un lugar similar al de Bret Easton Ellis. Debo explorar oquedades en las paredes de los dosmiles para salirme de ahí, del momento en el que empecé a hacerme adulto y comencé a escribir. Sin duda ayuda haber vivido “tiempos interesantes” (a la manera de la maldición china) en forma de pandemias y guerras, pero en cuanto me despisto acabo de nuevo en 2005, el año en el que entré en la veintena. Hay una franja entre ése y 2010, ya bien entrada la crisis que destrozaría a toda mi generación, a la que siempre acabo volviendo. A cómo era la vida entonces, a la música que escuchaba (y en mi cabeza muchos discos que ya tienen más de una década son “el nuevo”) y sobre todo al Zeitgeist de ese decenio. ¿Cómo no retornar a un mundo demente que empezaba con el fin de la historia y la promesa de la abundancia, del cursus honorum en el que si hacías lo que te pedían acabarías en un chalé… para luego acabar desahuciado y sin expectativas?

Patreon Nivel OcultoY sin embargo, este regreso es igual de ficticio que los ochenta de Ellis y los noventa de Galvatron. La memoria no es exacta sino un trabajo de absoluta reconstrucción, contaminada no sólo por la propia experiencia sino la de todo el entorno, la cultura audiovisual generada en el momento y la que también mira hacia atrás. Estoy seguro de que si volviera a finales de los noventa o los dosmiles con una novela o un relato serían un artefacto de tópicos e irrealidades batidos con un poco de experiencia personal. Y todo eso lo viví, lo hemos vivido. Lo que pasó y lo que no pasó. Quien hace ficción no es historiador.

¿Habrá en 2040 obras complacientes con los años veinte de este siglo, que romanticen las mascarillas y saltarse la cuarentena mientras te grabas un TikTok bailando k-pop con la peñita? No me cabe ninguna duda, por mucho miedo que tengamos a que el futuro se disuelva por estar obsesionados con el pasado. Tampoco me cabe duda de que la mayoría de estas obras serán mentira. En lo histórico, en lo estético y hasta en lo ético. Una trola descomunal, una bola de nieve imparable que se va formando mientras se arrastra sobre un pasado que malrecordamos. Como los años cincuenta de Regreso al Futuro. Como los ochenta de Stranger Things. Como los noventa de Mixtape. Todo será mentira y será verdad a la vez. Porque quién puede negar la emoción que hay en Johnny B. Goode, Running up that Hill o en soñar que fuiste en un descapotable escuchando Roxy Music. Es la honestidad del sentimiento, la aniquiladora sinceridad de la música. Da igual si pasó o no. Lo sentiste, lo volverás a sentir.

 


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