Columna: El cliente no siempre tiene la razón

Javier Alemán

1. En Void Bastards encarnas a toda una serie de reclusos encarcelados por una megacorporación y destinados a una súper prisión de máxima seguridad en medio del espacio. La cosa se tuerce y la nave penal acaba varada en medio de una extraña nebulosa, y a la inteligencia artificial que rige sus procesos sólo se le ocurre una forma de salir del atolladero: recurrir a la mano de obra nada especializada que hay prisionera. “Despierta” a uno de la innumerable sucesión de prisioneros que trabajarán para reparar la nave nodriza y le encomienda una primera misión: conseguir una tarjeta de identidad porque si no ni siquiera podrá entrar a la nave.

2. Esto de poner a los presos a trabajar no es nada nuevo, y a lo largo de la historia se ha usado desde como trabajo esclavo hasta alternativa de redención de condenas. En España tenemos el aberrante Valle de los Caídos como ejemplo del trabajo forzado de la población reclusa, y aunque a día de hoy se considera un barbarismo, hay muchos países donde aún se dan este tipo de trabajos. Sin ir más lejos, en Estados Unidos no son ilegales y en muchas ocasiones hay que hacerlos para poder pagarse el sustento en la cárcel.

3. El propio sistema penitenciario de la Land of the Free es una tremenda anomalía, una pesadilla privatizada que acapara casi el 25% de la población reclusa de todo el planeta. Muchas de sus prisiones pertenecen a conglomerados de seguridad privada y se rigen por criterios estrictamente económicos: han de generar beneficios y lo ideal es que estén siempre llenas, el preciado espacio libre cuesta dinero y no genera dólares. ¿Cómo se garantizan esos ratios de preso por cárcel a los que se comprometen las empresas? Por un lado vaciando las prisiones públicas y por otro… encarcelando a más gente, a pesar de que el índice de delitos lleve años bajando. A esto además han contribuido campañas como la War on Drugs de Nixon, una cruzada emprendida en 1971 que supuestamente trataba de luchar contra la droga pero que se convirtió en un martillo con el que aplastar a las clases bajas y especialmente a los afroamericanos. Esto ha sido reconocido por John Ehrlichmann, uno de los asesores del ex-presidente, que hace unas décadas lo dejó claro:

“Sabíamos que no podíamos hacer que fuera ilegal estar en contra de la guerra (NdT: de Vientnam) ni ser negro; pero sí conseguir que la ciudadanía asociara la marihuana con los hippies y la heroína con los negros. Y si penalizábamos el consumo con fuerza podríamos quebrar esas comunidades. Así podríamos detener a sus líderes, registrar sus casas, interrumpir sus reuniones y criminalizarlos noche tras noche en las noticias. ¿Sabíamos que estábamos mintiendo sobre las drogas? Por supuesto.”

4. Esta guera contra las drogas continúa con hechos tan terribles como que la condena por consumo de cocaína (droga de clases medias y pudientes) es mucho menor que la que puede caerte por consumo de crack, más “popular” entre las clases bajas. Ambas son la misma sustancia y lo único que cambia es la forma de consumo (esnifada frente a inhalada). Algo similar ha pasado con la metaanfetamina y los opiáceos: poblaciones enteras de clases populares han sido devastadas por la primera pero sólo se ha declarado emergencia sanitaria por los segundos y su sobreutilización por parte de los médicos en los estadounidenses mejor situados. ¡Hay que seguir llenando las cárceles! ¡Hay que seguir empleando a los presos con sueldos escasos para mantener la competitividad!

5. La inteligencia artifical de la nave se refiere a los presos como clientes. Al fin y al cabo, lo son. Son usuarios del mismo sistema penitenciario privado, sólo que en un futuro que parece una parodia retorcida de nuestro presente, en el que las corporaciones gobiernan de hecho lo que ahora gobiernan de facto. Lo curioso es que a los habitantes de la nebulosa donde hemos encallado, una plétora de alienígenas terribles y mutantes horrendos, los llama ciudadanos. Un monstruo tiene mejor estatus que nosotros.

6. Cada vez que morimos en el juego es nuestro personaje el que muere, kaputt. Una vida más triturada en la máquina. Se nos asigna a otro preso, con una leve variación de características, y a correr. Su biografía, somerísima, nos suele explicar por qué ha acabado en la cárcel. Y siempre es por alguna tontería, por romper una norma estúpida, no rellenar bien un formulario o reírse de un policía corporativo. En el futuro el espíritu de Nixon ha pervivido, no en forma de guerra a las drogas, sino de guerra a las propias personas: es importante que sea fácil entrar en la cárcel.

7. Mark Fisher habla en Realismo capitalista, una maravilla de ensayo, sobre los límites de la imaginación en el capitalismo y sus peores rasgos. Uno de los conceptos más certeros que usa es el de estalinismo de mercado, o cómo las estructuras políticas supranacionales y las empresas han adoptado la interminable burocracia y culto antidemocrático al numerito en pos del funcionamiento de los mercados. Las recetas del FMI, la Comisión Europea y los burócratas de negro de la troika… Creo que se entiende perfectamente. El arco narrativo de Void Bastards es básicamente un continuo chocar de cabeza contra el estalinismo de mercado, la mano de obra semiesclava del futuro tratando de resolver un problema y encontrando dos más con cada acción.

8. Sangramos para obtener la victoria que será conseguir falsificar nuestra cédula de identidad… sólo para que no sirva porque no tenemos el estatus de ciudadanía necesario. Más adelante se nos reprochará no haber rellenado tal o cual impreso, cosa que nos impedirá desencallar la nave. Y concluyendo, los atajos tomados pesarán para redimir nuestra pena: hemos cometido delitos para salvar la nave nodriza, para que la megacorporación no pierda esa lucrativa barcaza futurista de esclavos.

9. Al final de Void Bastards somos un cliente, como lo son los presos en Estados Unidos. El servicio que han comprado por nosotros es el uso de la prisión a la que podremos acceder tras salvar la nave nodriza. Hay que seguir generando beneficio, no puede parar la rueda del capitalismo y el cliente no siempre tiene la razón.

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Javier Alemán
Co-administrador de Nivel Oculto. Escribo libros y vivo una hora por detrás del mundo civilizado. Una vez Juanma me emborrachó en un restaurante alemán.

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