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Análisis: Silicon Dreams

Robot contra robot

Fecha de lanzamiento
20 abril, 2021
ESTUDIO
Clockwork Bird
EDITOR
Clockwork Bird
PLATAFORMAS
PC, Mac, Linux

Es el año 2065 y estamos en una distópica Los Ángeles en la que poco a poco el trabajo humano ha ido sido sustituido por el de los robots. Todo partió años atrás de una empresa protésica, Kronos, que vio que había un filón de mercado en la creación de asistentes sintéticos… y vaya si lo hubo. Con el paso del tiempo los androides se fueron sofisticando más y más hasta parecer completamente humanos. Y cuanto más complejas eran sus emociones, mayor la capacidad de glitches y errores en el software. Se iban desviando de su cometido original. Kronos, ya una empresa transnacional poderosísima, tuvo que responder de alguna forma: con sus propios androides programados para retirar a robots defectuosos y con otros creados para detectar la desviación.

Lo más probable es que a estas alturas estén pensando en Sueñan los androides con ovejas eléctricas, y parece indudable que la influencia de la grandísima novela de Philip K. Dick permea muchas de las capas de Silicon Dreams. Al fin y al cabo tienen un punto de partida similar y desde Clockwork Bird tampoco se esfuerzan por ocultarlo, plagando el juego de guiños a la novela y al autor chicagüense. Vamos a dejar la idea ahí, y una vez reconocida, abandonarla rápidamente, porque sería muy perezoso recurrir continuamente a ella en esta crítica.

Silicon Dreams es, ante todo, una aventura conversacional en la que un robot entrevista a otro robot. O no, quizá a un humano. Eso lo decidiremos nosotros dependiendo de cómo vaya el interrogatorio, tanto en base a nuestra capacidad de hilar lo que se nos cuenta como dependiendo del uso que le damos a las herramientas coercitivas que se nos presentan. Pero, al fin y al cabo, la mecánica del juego no es más que una cáscara que envuelve toda su propuesta, todo lo que los autores quieren contarnos y las ideas sobre las que quieren reflexionar: fundamentalmente, la propia identidad y la capacidad de salirse de lo que nos han inculcado, ya seamos personas o criaturas programadas.

Decía el psicoanalista austriaco Otto Rank que el primer trauma que experimenta el ser humano es el del nacimiento, separarse del vientre materno y llegar al mundo. Esto, por supuesto, es una chorrada, pero no pude evitar acordarme de él con el inicio de Silicon Dreams. Cada vez que arrancamos una nueva partida estamos naciendo de manera fría e impersonal: somos colocados frente a un escritorio y se nos explica muy someramente que se nos ha creado para interrogar a otros seres sintéticos. No hay pausa, no hay un mínimo momento de calma, vamos a recibir nuestra instrucción en el uso de técnicas de interrogación (algunos dirían que tortura) por parte de otra robot… y a la vez tendremos que decidir su destino porque la compañía sospecha que empieza a estar defectuosa al experimentar emociones que no debería tener. Ésta es la tónica general de los androides en el juego: son la clase más depauperizada y obrera de todas, arrancada por completo de la propia experiencia y programada sólo para servir desde el primer minuto en el que abren los ojos.

Jugar a Silicon Dreams es construir la personalidad de nuestro avatar en el juego, es explorar las historias de otras criaturas e ir tomando decisiones sobre ellas… que también nos afectan a nosotros. Si hacemos lo que desde Kronos nos piden seremos recompensados con mejores instrumentos de exploración (como puede ser un juego de luces y sonido para ayudar a evocar emociones) y con un bonito ático en el que morar entre caso y caso. Y si no lo hacemos… primero nos quitarán la televisión, único enlace con la realidad, y luego podremos ser interrogados también y decomisados. No habrá soluciones perfectas y entre ciertos márgenes deberemos movernos si queremos progresar. ¿Nos adherimos a nuestra programación? ¿O aprovechamos que nuestro modelo sí puede sentir emociones (la empatía es clave para interrogar) para dejarle que progrese moralmente, a riesgo de ser destruido?

Me gusta cómo realmente un interfaz tan sencillo permite desplegar tantas cosas al juego. Porque realmente con cada caso tendremos una pantallita que usaremos para lanzar preguntas, ya sean abiertas o relacionadas con el caso, y a medida que indaguemos en el sujeto recibiremos más temas sobre los que inquirir. En la propia pantalla podremos ver también el rango de expresión emocional y usar jugarretas como esposar a nuestra pobre víctima o mentirle para que confíe en nosotros. De cuando en cuando recibiremos algún email o información extra en forma de documentos y finalmente tendremos que rellenar una solicitud con una serie de preguntas que se nos hacen y la decisión sobre el interrogado: destruir, “reparar” (lo que implica muchas veces borrar la memoria) o liberar. El acierto en las preguntas nos marca la valoración de la empresa hacia nuestra labor, igual que hacerles caso en lo que nos soliciten. Pero hay cierto margen para la mentira o el falseo de pruebas, ya sea a favor del entrevistado o en su contra. Ese margen es nuestra propia libertad.

A poco que progresemos iremos descubriendo la trama que hay detrás, en la que está presente la (obvia) revolución que están preparando los robots. A nadie le gusta que le pisoteen y le nieguen el derecho no ya a la propia existencia, sino a la identidad, al ser lo que uno mismo ha acabado siendo. Y muy probablemente de nuestro avatar va a depender que salga bien o no. Es muy interesante cómo se nos va presentando esta progresión con los propios casos. No hay uno solo que parezca de relleno, sino que buscan provocar una suerte de crecimiento moral de nuestro avatar. En cuanto empecemos a explorar descubriremos continuamente cómo los androides son explotados y tratados como cosas, cómo el más mínimo gesto humano (canturrear mientras trabajan) puede provocar el asco en sus dueños. Hay un momento entre todas estas pildoritas que me pareció extremadamente genial: un androide que limpia la casa por la noche porque es más eficiente pero que es reportado como menos eficiente por su dueña porque no lo ve trabajar. ¿Les suena esto de algo?

En general todo lo tratado en el juego va a pivotar a fondo con el tema de la identidad, pero uno va a encontrar siempre el tono lógico cuando surge una clase trabajadora aún más fácil de explotar que la clase trabajadora humana. Vamos a contemplar las continuas atrocidades que experimentan los androides y cómo muchas veces éstas les parecen justas, a ver cómo pueden competir entre ellos para agradar a sus dueños y conseguir un poco más de estatus o cómo incluso funcionando a la perfección pueden ser destruidos por el capricho de la corporación que les ha creado si esto supone una ganancia de reputación frente a la opinión pública. Incluso observaremos también cómo los humanos se quedan obsoletos, incluso los de profesiones de prestigio, y descubren tarde que ahora los medios de producción son los androides y que es quien los posee quien seguirá en lo alto de la cúspide capitalista. Una predicción bastante más acertada que la ingenuidad de pensar que bajo este sistema las máquinas nos liberarán del trabajo y nos regalarán libertad y ocio.

Silicon Dreams está muy bien escrito. Los casos, los diálogos, las elecciones. Es una delicia avanzar por él y enfrentarnos a los destinos de cada androide o humano con el que tratamos, de ver cómo se justifica y puede progresar una revolución y de cómo los poderosos siempre idean formas de tiranizar al que está abajo, humano o sintético. Esto no sorprenderá a quien haya seguido la carrera de James Patton, uno de los fundadores del estudio, que ya con Spinnortality enunciaba claramente sus ideas. Tampoco es que el juego sea un panfleto ideológico, sino que más bien es una conclusión bastante lógica basada en la pura y dura observación de nuestro propio siglo. Una conclusión envuelta en la historia de un androide recién “nacido” que debe elegir, con todas las consecuencias que eso acarree. Un juego valiente, divertido y profundo. Doloroso a ratos, pero también candoroso y un poco naíf cuando toca. Una obra que deben probar.

RECOMENDADO
Silicon Dreams lo fía todo al poder de su narrativa, y hace bien. Es un juego con un claro mensaje político, que no teme mostrarse y que está lleno de, paradójicamente, humanidad.
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