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Análisis: Reigns

ReignsCrítica

Cargar con el peso de la corona. Qué movida, ¿eh? Decidir quién vive y quién muere, y muchas de esas veces ni siquiera decidiendo directamente sobre eso, sino recibiéndolo como producto secundario de nuestra opción. Declarar una guerra o no. Mantener cerca a tus enemigos con una boda o tratar de llevarte bien con todo el mundo. Agradar a la Iglesia o al pueblo llano, cuyos intereses chocarán más de una vez. Reunirte un sinfín de veces con los candidatos de los partidos políticos mientras se repiten elecciones una y otra vez. Un trabajo desagradecido, una condena de la que es difícil escapar. Vale, sí, probablemente sea más jodido tener que trabajar en las minas mientras esquivas la peste negra y tratar de dar de comer a tus cinco hijos que aún viven, pero ser rey es jodido. Al menos en Reigns.

El juego de Nerial, distribuido por los colosos de Devolver Digital, nos plantea esa tesis: que reinar es algo jodido, una pequeña cárcel para el rey. Lo hace en un formato sencillo y muy adictivo: nada más empezar se nos asigna un monarca y empiezan a aparecernos bonitas cartas de diseño minimalista, de un mazo que se irá ampliando según nuestras decisiones. Cada una de ellas nos da dos opciones: pueden ser preguntas de sí o no, o elecciones entre dos posibilidades. En dispositivos móviles se hace moviendo la carta a la izquierda o a la derecha, como el mítico swipe de aplicaciones como Tinder (y en PC de forma similar, pero con el ratón). Por ejemplo, apoyar en un problema al ejército o a la Iglesia. Nunca, nunca, nunca, podremos hacer caso omiso de ellas: no es un privilegio que nos hayamos ganado. No se puede no elegir. Cada carta y su decisión avanza un año y puede generar nuevas cartas y personajes con los que interactuar, o consecuencias que llegaremos a ver bastante más tarde. Con eso en mente nuestra idea será aguantar como reyes el mayor tiempo posible. Parece sencillo, ¿no?

No lo es.

El peligro acecha en todos sitios: ya sea mediante una decisión que nos lleve a la muerte o un cúmulo que rompa el frágil equilibrio en el reino. En Reigns contamos con cuatro indicadores en la parte alta de la pantalla, que vienen a mostrar el estado de la Iglesia, el pueblo llano, el ejército y las finanzas del reino. Como cabría esperar, si alguno de esos indicadores baja al mínimo podemos darnos por muertos: sin ejército seremos invadidos (y ejecutados) por una potencia extranjera, o si no queda un duro en el tesoro real la nueva oligarquía que surja nos exiliará.

Lo gracioso es que en Reigns también puede morirse de éxito. Si la Iglesia tiene demasiado poder la teocracia resultante nos prenderá por hereje, o si el ejército se ve omnipotente nos desalojará con el clásico golpe de Estado. Vamos, que nuestro rey está muerto tanto si va demasiado mal como si va demasiado bien. O dicho de otro modo: pase lo que pase estamos jodidos.

Esa mecánica de por sí es divertida y adictiva: uno rápidamente acaba picándose para tratar de alargar al máximo la vida de su monarca, que incluso puede ganarse apodos según su actuación, pero lo realmente interesante de Reigns no está ahí.

Porque manejaremos a toda una estirpe. Cada rey muerto dará paso a uno nuevo, que tendrá de nuevo que sobrevivir el máximo posible, en una sucesión de tiempo que tomará, en un momento dado, una suerte de modo historia. A partir de ahí nos tocará prepararnos, elegir e incluso heredar los resultados del rey anterior. Sumen a las decisiones un rosario de modificadores temporales y posibles bonificadores: por ejemplo, podemos irnos de cruzadas, que nos suben temporalmente el dinero y bajan la población; o tener un romance con una amante, que hace que la Iglesia nos pierda el respeto pero bloquea el medidor de población, haciendo que ninguna decisión le afecte. Y como colofón un momento divertido que recuerda a los primeros juegos de rol mazmorreros en los que había que dibujarse el mapa para no perderse.

Reigns cumple todo lo que promete y da bastante más de lo que se le puede pedir.

Por un lado es ideal para partidas cortas en dispositivos móviles, con la mecánica sencilla de ir descartando o aceptando elecciones con un movimiento de pulgar. Y además, nos obliga a pensar y esforzarnos si queremos llegar a buen puerto. No basta con ser un “buen rey”, con ser justo y tomar las mejores decisiones mientras el dinero nos lo permita. Hay que mantener el delicado equilibrio de poderes en el reino, y eso nos obligará a hacer cosas que no queramos hacer para impedir que ninguna de las otras fuerzas pierda o gane demasiado poder. Y por el otro, a la vez, nos exige una cierta planificación si queremos avanzar en su narración, un extra más allá de las partidas breves.

A la vez, traslada efectivamente la idea de que el poder es una jaula con barrotes dorados, tiene muchísimo sentido del humor sin necesidad de forzar idioteces (ayuda una correcta traducción) y su mecánica es sencilla y robusta.

Súmenle un diseño bonito y simpático, una banda sonora medievaloide hecha por Mateo Lugo (gracias por la aclaración Celler) y el diseño orquestado por Disasterpiece (Fez, Hyperlight Drifter) y pocos títulos más recomendables para móviles se me pueden ocurrir. (Aunque si lo prefieren en sobremesa, también sale muy bien parado)

En fin, ¿qué más quieren que les diga? Jueguen, reinen, engánchense y rómpanse un poco la cabeza. Y a ver cuánto dura su reinado.

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