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Heaven Will Be Mine

Nunca supimos si lo que veíamos estaba ahí, o si nosotras, las observadoras, solo veíamos lo que queríamos ver.

En la web de Pillow Fight Games hay dos consignas muy valientes. La primera define una posición frente al medio y sus tendencias normativas: Make Games Different. Tal y como la pareja al frente del estudio expresa, su misión, tras ver el impacto que su We Know the Devil tuvo en la comunidad, es la de servir a los jugadores y jugadoras marginados, esos a los que les gustaría verse representados, de una vez, en algún rincón de la industria. Un objetivo que va más allá de la presencia de minorías al otro lado de la pantalla, que también engloba a personas con discapacidades motrices o sensoriales y que se ocupa de que todas las personas que participen del desarrollo de alguno de sus títulos reciban una remuneración justa. Un propósito que, aún a día de hoy, suena casi revolucionario.

De esta primera proclama surge una actitud respecto a su propia obra. Los cuatro juegos que han publicado hasta ahora —a partir de colaboraciones con equipos de escritoras y guionistas, como Magnolia Poter, Aatmaja Pandya, o el dúo tras Worst Girls Games— abren ventanas a mundos verdaderamente alternativos, en los que los roles arquetípicos de la narración se invierten, tanto para dar voz y protagonismo a quienes normalmente habitan la ultraperiferia de lo mainstream, como para abrir hueco a temas de universal particularidad. Una caballera andante que debe proteger a un bello príncipe, una joven investigadora contra una ciudad consumida por la droga, la distopía que repta bajo los campamentos juveniles de verano. Historias que abren la mente a la posibilidad y someten el corazón al cardio intenso de la empatía; o como dice el otro lema de Pillow Fight: juegos que quieres jugar.

Fruto de uno nuevo esfuerzo compartido —el segundo con las chicas de Worst Girls—, Heaven Will Be Mine nos proyecta hacia un 1981 ucrónico en el que una Guerra Fría intergaláctica toca a su fin. A nuestra llegada, los estertores de un programa espacial internacional, de escala interplanetaria y en evidente decadencia anuncian el momento de volver a casa: el ser humano salió hace décadas a conquistar el espacio, pero se dio de bruces con la nada. Una nada en la que creía haber visto una Amenaza Existencial, un enemigo a batir, un motivo, el que fuera, para salir a un oscuro más allá y seguir luchando contra algo. La excusa perfecta para ser esa humanidad ontológicamente guerrera que se define a través de una enemiga cambiante y eterna.

Heaven Will Be Mine se construye a través de tres relatos interconectados. Saturn, Pluto y Luna-Terra, tres pilotos bajo las tensiones crecientes entre las facciones a la que pertenece cada una.

“En Heaven Will Be Mine siempre hay una traición, pero lo importante es no apostatar de una misma”

Enfrentadas a ese punto de no retorno, el triple bando formado por —respectivamente— Celestial Mechanics, Cradle’s Grace y la Memorial Foundation toma posiciones respecto a la orden expresa de recogerlo todo y volver a la Tierra. Hay quien aboga por obedecer el mandato y regresar al hogar, convencidas de estar perdiendo el tiempo; otras quieren seguir adelante, permanecer más allá del cielo y asentarse entre las estrellas. En medio de todo ello, las tres protagonistas, entrenadas para una lucha que nunca llegó a ocurrir, se ven ante la tesitura de volver a un antes que tampoco tuvo lugar. Tres identidades en ebullición y a la deriva.

Esta lucha que late en el corazón de Heaven Will Be Mine es una que, literalmente, «tiene un significado diferente»: no es un combate por la gloria, por la muerte, por la demostración de fuerza, sino la exposición a la debilidad, a su observación y a su cultivo. Una confrontación con la otredad, con otras posibilidades, una forma de comunicación tan expresiva que solo admite una única conclusión: «siempre seremos nuestra propia amenaza existencial».

Una batalla, también, cuyas trazas y antecedentes van más allá de lo que podemos ver desde nuestra silla; hay un pasado entre estas chicas, una relación extraña, como de atracción y repulsión simultáneas. Un tira y afloja constante entre lo emocional y lo profesional; un roce que expande el universo a cada golpe, a cada disparo. Una mano en el cuello, otra en la cadera. Un mordisco en la boca.

Saturn, Pluto y Luna-Terra acuden a esta guerra tan sideral como localizada —su eco recorre sistemas solares, pero su núcleo se concentra en la pequeña cabina de sus mechas— a los mandos de ship-selves —su yo-nave—, vehículos enormes y antropomorfos concebidos para convertir la guerra en otra cosa. Su acomodo a la forma humana responde a una búsqueda de exteriorización y el intercambio: son «máquinas para enamorarse y luchar», casi como ambas cosas fuesen la misma, una comunicación agresiva y extremadamente humana. Si el cuerpo es una herramienta de relación entre personas, el ship-self es la humanidad relacionándose consigo misma y encontrando algo alienígena al otro lado del espejo.

Por ello, cada una de las ocho escaramuzas que vertebran Heaven Will Be Mine brilla con luz propia y rebosa frescura. El choque de los robots, narrado bellísimamente, se asemeja, a partes iguales, al choque entre dos agujeros negros y a una primera cita entre estrellas lejanas. Bajo el espectáculo, lo que subyace es la decisión: por nuestra parte, la de elegir quién se llevará la victoria —siempre sabremos cuál será el resultado de cada elección; lo que cuenta aquí es cómo nos afecta personalmente cada una de ellas—; por la de las tres pilotos, la de resolver cómo se sienten las unas respecto a las otras. Y, de fondo, la posibilidad de un nuevo universo unida a la preocupación por si lograrán que merezca la pena.

Esta permanente tensión entre extremos, entre lo local y lo universal, entre la cabeza y el corazón, la pasión y el deber, lo deseado y lo que se espera de una, se condensa en lo que el juego llama gravedad. Heaven Will Be Mine desarrolla sus ideas y reflexiones en torno a este concepto, que actúa como matriz cohesiva. La materia, dice uno de sus personajes, está compuesta de partículas diminutas, pero suficiente cantidad de ella remacha el universo con el hilo de la gravedad; la cultura, continúa, funciona de manera similar: humanos diminutos, que en grandes números deciden qué es real y qué se queda fuera de sus márgenes.  Una influencia imparable que hace pensar que quizá la Historia sea eso: una deformación cultural guiada.

Los efectos de esta presión cósmica pueden verse en la actividad misma de los personajes, que se ven obligadas a interpretar varios papeles al mismo tiempo. Europa, la oficial al mando de la Memorial Foundation y la encargada de controlar a Luna-Terra es líder, mentora y mujer, tres afinidades que se nutren y tropiezan entre sí inevitablemente. Y así con todas: múltiples puntos de vista que colisionan y derivan en un inevitable paralaje a la hora de observar los acontecimientos y las resoluciones tomadas. En Heaven Will Be Mine siempre hay una traición, pero lo importante es no apostatar de una misma.

El reto en todo esto, entonces, es averiguar que significa eso de una misma. En la Tierra, 9.9m/s es lo que mueve y da forma a todo. Una gravedad constante, única y uniforme con todos los cuerpos. En el espacio, estos fluctúan: la gravedad no está fijada, y entre las constelaciones hay hueco para cualquier cosa, para cualquier forma, para cualquier persona. Atravesar la atmósfera les permitió buscar otro principio, liberarse de sus pesos para descubrir nuevos estados de eso que siempre creyeron ser. A ello ayudaba el ship-self, un ambiente presurizado, un garante de conservación de forma, el vehículo perfecto para huir de una cultura concebida como un aro por el que se ha de pasar si se quiere ser humano.

Hoy, allá arriba, pasado el azul y las nubes, la cuestión sobre la unidad sigue sin estar escrita; es un texto en continua revisión y desarrollo. En el vasto vacío entre planetas, lo que es y no es humano aún está por decidir, pero irse demasiado lejos puede hacer que una acabe convertida en algo alienígena, externo e irrecuperable. En el espacio no importan tus cualidades; importa qué persona crees, qué construyas; importa tu visión de forma, tu fuerza gravitacional, la coagulación de tus partículas en el ser que quieras proyectar.

De alguna forma, Heaven Will Be Mine devuelve una cierta sensación de condena. No en el sentido de castigo, sino esa noción de que hemos llegado a la fiesta justo cuando termina. En los ocho días que dura el juego todo se precipita, todo colapsa y, por tanto, todo se ve obligado a definirse. Hay quien quiere quedarse más allá de la realidad y quien quiere volver a la Tierra, pero el tiempo, aunque sea poco, es nuestro para poder decidir a qué bando entregar nuestra presencia, nuestra seducción y nuestra influencia. Al lado de Saturn, Pluto y Luna-Terra podemos poner un punto y final a las esperanzas de encontrar un nuevo camino más allá de la luna, o podemos darle la espalda a todo lo que existe y empezar una nueva vida por nuestra cuenta. Todo con algo de urgencia, porque para los de abajo, los de los pies en la tierra, los de la gravedad constante y la cultura homogénea, esto no es más que una sencilla cuestión de límites y normas: estamos dentro o estamos fuera.

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Hugo Muñoz Gris
Hugo Muñoz Gris
Arquitecto e investigador canario. Mi padre me puso delante de una consola cuando era niño y ahora escribo sobre ello. Busco la felicidad en cajas del Overwatch y mi objetivo en la vida es conducir por la ruta 0 de Kentucky con Aya Brea de copiloto. Indie in the front, party in the back. La revolución será pixelada o no será.

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