Hay un momento muy concreto que, cuando te lo describa, vas a reconocer al instante y te vas a sentir identificado. Llegas a tu preciada casa después de un largo día. Da igual si ha sido trabajo, estudio o simplemente existir en este mundo capitalista que cansa ya de base. Llevas todo el día pensando en ese juego. El que te apetece desde hace semanas. El que has mirado mil veces en la tienda digital, del que has visto reviews, leído artículos, escuchado podcasts. Al cual estas deseando pasar toda la tarde delante de la pantalla y disfrutarlo. Por fin llegas, te preparas, te sientas en tu cómodo sofá o en tu silla gamer, enciendes el ordenador o la consola. Todo está listo, tal y como lo planeaste. Y entonces pasan dos minutos. Solo dos. Y… Aparece una sensación rara, incluso incómoda. Algo no encaja. “No es igual”, piensas, “no estoy sintiendo lo mismo que antes”. Y ahí llega la explicación fácil y la excusa rápida. “Es que los videojuegos ya no son como antes”. Que si antes eran mejores, que si ya no te enganchan, que si la industria ha perdido la magia, blah blah. ¿Y sabes qué es lo gracioso? Que a veces decides comprobarlo. Te pones un juego antiguo, uno de esos que supuestamente sí eran buenos… y la sensación es exactamente la misma.
Y aquí viene la parte incómoda, en parte tienes razón. Los videojuegos han cambiado, sí. Pero no solo han cambiado ellos, ha cambiado tu tiempo, ha cambiado tu cabeza, y sobre todo, has cambiado tú. El jugador no es una constante. El jugador es un ser vivo con alquileres, mensajes pendientes, estudios, trabajo, cansancio y un cerebro entrenado para saltar de estímulo en estímulo cada vez con más facilidad. Porque sí, con TikTok nos hemos quedado un poco gilipollas, para qué mentir. Antes los videojuegos tenían una puerta clara, el ocio. Entrabas, jugabas, te divertías y ya está. Ahora sigues entrando, pero lo haces cargando con una mochila. Y no, no es una mochila de inventario. Es una mochila llena de preocupaciones. De mirar el reloj, de pensar que mañana madrugas, de sentir que estás “perdiendo el tiempo” incluso cuando se supone que estás descansando. Y con esa mochila, es difícil disfrutar igual.
Y entonces volvemos a la pregunta de siempre: ¿Es que los juegos ya no enganchan como antes o es que tu cabeza ya no está en el mismo sitio que antes? Y no, no te culpo. No estoy culpando a nadie. Esto nos pasa absolutamente a todos, y es normal. Has evolucionado, ya no eres el mismo jugador que eras, ni la misma persona. Sé que este discurso suena emotivo, incluso un poco triste, pero en el fondo la vida va de eso, de cambiar, de evolucionar. No es algo malo, al contrario. Si alguien no evoluciona, lo preocupante no es que no disfrute de los videojuegos… es que probablemente se haya quedado atrás.
Y aquí entramos en algo que a mí me gusta llamar el “bufet infinito”. Cuando tienes tantas posibilidades de entretenimiento, paradójicamente, casi nunca te quedas con hambre. Vivimos rodeados de un volumen de entretenimiento tan accesible, tan constante y tan inmediato que, en lugar de liberarnos, nos paraliza. Tenemos Netflix, Amazon Prime, HBO, YouTube, TikTok, redes sociales por todas partes. Y en videojuegos, más de lo mismo que si Game Pass, PS Plus, ofertas, ofertas y más ofertas, juegos gratis, juegos “gratis” (que tienes que pagar). El caso es que jugar se parece cada vez más a scrollear. Bajas y bajas por tu biblioteca de Steam sin decidirte por nada, hasta que te distraes con un reel, luego con un TikTok. Y cuando quieres darte cuenta, te has aprendido una receta con tomate cuando no te gusta el tomate, tres datos curiosos sobre los reyes de España, dos cotilleos de una influencer que se ha liado con el exnovio de otra influencer… y ya no recuerdas ni por qué encendiste la consola. Se te ha ido la tarde entera y no has jugado a nada. El problema no es la falta de contenido, de eso vamos sobrados. El problema es la falta de presencia, ya no estamos realmente en lo que hacemos, estamos a medias en todo y al cien por cien en nada. Por eso el consejo más antipático del mundo, el que suena fatal decir, es siempre el mismo: deja el móvil. Nada de shorts, nada de TikTok y desde luego, nada de contenido de mierda. No porque el móvil sea el demonio, sino porque nos roba la atención sin que nos demos cuenta. Y sin atención, da igual lo bueno que sea un juego, no hay experiencia que sobreviva.
Y ahora entramos en otra trampa. Una que tiene un nombre un poco raro y bastante menos gracioso de lo que suena: el backlog. Sí, lo sé, suena terrorífico, pero básicamente es esa lista infinita de juegos pendientes que, sin darte cuenta, se transforma en una frase muy concreta dentro de tu cabeza: tengo que pasármelos, tengo que completarlos, tengo que sacar todos los logros. Y enhorabuena, acabas de montarte un trabajo gratis. Como si no hubiera ya suficiente gente trabajando. Porque siempre pasa lo mismo. Steam lanza una oferta. Oh, juego rebajado. Oh, juego gratis, regalo, edición definitiva por tres euros. Te lo pillas. Y automáticamente tu cerebro hace clic en tengo que jugarlo, tengo que acabarlo, tengo que tacharlo de la lista. Empiezas un juego y no te convence, pero sigues. Porque tiene buena nota. Porque tiene buenas críticas. Porque “me lo tengo que pasar”. Porque quieres los logros. Porque quieres todos los coleccionables. Porque abandonar parece un fracaso personal. Y aquí va una pregunta muy simple: ¿Quién te obliga? ¿Está Miyamoto apuntándote con una pistola? ¿Masaki tiene a tu familia secuestrada? No, (espero que no). Existe una cosa maravillosa llamada libre albedrío. Úsala de vez en cuando. Jugar tiene que ser su propia recompensa. Los logros no te pagan el alquiler. Completar el 100% no te hace mejor persona. Y dejar un juego a medias no te quita el carnet de gamer.
Y luego está otra cosa de la que se habla poco: jugar en automático. Las manos se mueven, pero el cerebro está en otro sitio. Quizá tienes un Minecraft de fondo, Discord abierto, una conversación encima. Estás jugando, pero no estás jugando. Tienes el piloto automático activado. Y ojo, sin dramatismos: eso puede estar bien un rato. A veces solo quieres hacer algo con las manos mientras desconectas. El problema es cuando se convierte en hábito. Porque entonces tu relación con el videojuego se degrada. Ya no lo asocias a disfrutar. Lo asocias a matar el tiempo, anestesiarte. Y el videojuego nunca fue eso. Y llegado este punto, te preguntarás: ¿vale, y cuál es la salida? Bueno, el primer paso siempre es reconocerlo. Reconocer que, sí, antes todo era diferente. Y aceptar que ahora todo ha cambiado y no para peor, simplemente es distinto. La solución no es encontrar el juego perfecto. Ese juego no existe. La solución es ajustar tu forma de jugar. Si tienes poco tiempo, necesitas estar realmente presente cuando juegues. Si hay demasiadas opciones, no busques lo mejor. Empieza algo, instálalo, pruébalo. Y si es una mierda, lo desinstalas, paras, libertad. Recuerda: tienes libre albedrío. Si notas que estás jugando por compulsión o porque estás triste, igual lo más sano no es jugar. Igual lo que necesitas es ver una peli, salir a caminar, descansar de verdad. El ocio no siempre tiene que ser interactivo. Y si te apetece exprimir un juego, hazlo a tu manera. Léete el lore, usa el modo foto, repite esa misión que te encantó, juega las veces que te dé la gana, da igual que sea un juego viejo. Da igual que sea del 98 y no del 2026. Si a ti ese juego te gusta o te gustó, ¿qué más da? Nadie te está obligando. Juega a lo que te dé la real gana.
¿Los videojuegos han cambiado? Sí. Pero lo que más ha cambiado es el jugador. Y eso no es malo. Lo único que necesitas es darte permiso para jugar sin optimizar, sin cumplir, sin convertirlo en una tarea más de la lista. Puede volver a pegar. Puede volver a hacerte sentir bien. No como antes, como ahora. Que ya tienes bastante con existir.
