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Columna: Materia Prima 1

Columna: Materia Prima

Sobre The Alters: Last Variable

The Alters es un videojuego sorprendente, en tanto cómo utiliza una serie de mecánicas y una premisa que podría parecer cómica para hablar de la identidad y de la explotación humana. Lejos del arte que no quiere comprometerse y busca ser suave y liso para encajar en todos lados, era un raro ejemplo de obra donde mecánicas y mensaje encajaban perfectamente. Así que, ¿por qué continuarla, cuando cerraba con tanta destreza? Es fácil percibir la ironía al ver que el juego que antagoniza con la megacorporación espacial que te ha mandado a morir tenga una expansión para seguir generando beneficios a otra empresa, pero bueno, esa gracia va a tener que convivir con otra más importante. The Alters: Last Variable es un pie de nota, el epílogo al libro que te escribe alguien de prestigio para que sus temas queden aún más asentados.

Hay varios finales al juego original, y en los más satisfactorios ocurre algo no demasiado sorprendente: el Jan científico decide quedarse en el planeta que lleva semanas intentando matarle. Hay un último misterio que desentrañar, una nueva promesa en lo más recóndito de las estrellas, aguardando que un genio sea capaz de sacarla del vacío y traerla al mundo. Ya hemos violentado el orden natural hasta límites incognoscibles, así que este Jan ha de volver a replicarse si quiere sobrevivir. Partiendo de la plantilla que a él le creó, el científico que nunca existió en nuestro mundo porque el Jan original abandonó la universidad, es posible cavar más zanjas en la memoria para hallar otros puntos de quiebra. En el mundo de posibilidades infinitas que nunca le vio nacer tal vez se especializase en biología, en química, en geología o incluso se volviera un físico famosillo de la tele. ¿Por qué no? Somos, como diría Lev Vygotsky, el resultado de la suma de nuestras interacciones. Y The Alters: Last Variable le responde: en efecto, ni existe el libre albedrío ni somos más que una casualidad cósmica.

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Las copias de la copia de la copia de Jan quieren saber por qué hay un oasis imperturbable en el planeta. Por qué ese mundo salvaje en el que la salida del sol destruye todo existe no sólo vida, sino un entorno que no se ve dañado mientras todo lo que no cruza sus fronteras muere. The Alters: Last Variable se presenta como continuación con tranquilidad, tiene los lógicos añadidos, sistemas que amplían otros y nuevas avenidas de investigación basadas en la genialidad de este otro-Jan. De aquí sale un videojuego más que interesante y que por sí mismo merece una exploración, al fin y al cabo su predecesor funcionaba fantásticamente. Pero esas nuevas mecánicas, el ir llenando el mundo de tuberías, extractores y descubriendo sustancias milagrosas no es más que un envoltorio para lo que está pasando aquí.

Jan sigue siendo un recurso. ¿Lo es de la corporación? Tal vez ya no, pero eso lo hace mucho peor. Jan es un recurso de sí mismo. Tal vez de la copia de sí mismo. Su incesante multiplicación, ya prácticamente una broma macabra de fotocopias humanas, obedece a lo que Aristóteles describía como «esclavitud natural». Ni Jan científico ni sus obreros especializados tienen más fin en su vida que descubrir el que cren que es el misterio final. Y se lo trasladan al jugador con una insistencia terrible: toda desviación de la misión será aniquilada. Hay algo especialmente triste en la suerte de misión secundaria que nos da el físico, en la que logramos atisbar un mínimo de humanidad… para hacerla desaparecer. Lo único real es la misión. Los Jans son recursos humanos de nuevo, pero en su propia tiranía hacia sí mismos, ahora son algo peor: son la materia prima que mueve los engranajes de la ciencia. El grado de crueldad al que se van a someter a sí mismos es tal que, cuando alguno de ellos más adelante logre de alguna manera escapar del ciclo, la única explicación que encontraremos es que son ellos los que están mal de la cabeza. Lo peor/mejor es que esa venda en los ojos logran colocársela también al jugador, que acaba convencido de que, efectivamente, es el oasis el que está haciendo algo y no la triste certeza de ser un mecanismo.

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El juego muestra sus cartas claramente al final, aunque ha ido dejando pistas de lo que realmente quiere decir. Por eso sorprende tan poco su conclusión. La obra original se obsesionaba con la identidad y quería preguntarse hasta qué punto estamos dispuestos a llegar para sobrevivir, cuánta de nuestra moral seremos capaces de aplastar por un gramo de esperanza. The Alters: Last Variable redobla la pregunta, pero además quiere hacer un par de anotaciones. ¿Por qué hacemos lo que hacemos cuando nuestra vida ya no está en juego? ¿Qué sentido tiene la propia ética? J. Robert Oppenheimer estuvo toda su vida arrepintiéndose de haber participado en el proyecto Manhattan y haber alumbrado un mundo en el que la humanidad era, por fin, capaz de destruirse a sí misma. Mientras tanto, el jugador, que tiene todos estos elementos gamificados, sigue y sigue hasta el final. La ciencia por la ciencia, la expansión por la expansión. Ese positivismo cientifista que tan bien casa con nuestro estado actual del capitalismo y que promete resolver los problemas que crea mientras genera nuevas desgracias. Durante veinte horas acompaña, explota y daña a Jan y sus copias para alcanzar ese mundo nuevo, esa singularidad que lo cambiará todo para siempre.

Y, de alguna manera, cuando por fin escuche a los demás en su locura, tal vez se dé cuenta.

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