Análisis: Time Flies

Análisis: Time Flies 1
Fecha de lanzamiento
31 julio, 2025
ESTUDIO
Playables
EDITOR
Panic
PLATAFORMAS
PC, Mac, Switch, PS5

El paso a las tres dimensiones durante los noventa pareció encender una bombilla en el desarrollo de videojuegos por crear juegos raros, con arranques y protagonistas atípicos. Las dos primeras PlayStation, por su éxito y sus consecuentes extensos catálogos, se llevaron la palma, con títulos como LSD: Dream Emulator o Paranoiascape, ambos para la primera, y Mister Mosquito o Dog’s Life para la segunda. El fumblecore de los Goat Simulator o de I Am Bread podría entenderse dentro de esta excéntrica tradición.

El asalto indie, sin embargo, ha conseguido que este tipo de juegos se observen con naturalidad. Un ejemplo que viene muy al caso es el de Untitled Goose Game, pues es la principal referencia que se puede tener para Time Flies, desarrollado por los suizos Michael Frei (Plug and Play) y Raphael Munoz —que ya habían hecho juntos Kids—, con la ayuda del estudio Playables y la publicación de Panic, la misma editora del simpático juego del ganso sin nombre (y de Firewatch o el reciente Despelote).

Time Flies y Untitled Goose Game no solo tienen en común un protagonista del Reino Animal, también un verbo: observar. También una lista de acciones a realizar, que en Time Flies, donde controlamos a una mosca, toma la forma de lista de cosas pendientes que hacer en la vida. Y hasta aquí las coincidencias, o referencias, o influencias, como cada cual desee, porque si algo tienen de estimulante los juegos indies, a diferencia de los triple A, es su determinación de no convertirse en genéricos.

Eso y que, también en disonancia con las grandes producciones, no se desarrollan con la intención latente de que solo se juegue a su obra. Time Flies dura tres horas como mucho al cien por cien, pero se puede completar en menos, quizá incluso en dos horas. Un juego para disfrutar de seguido, sin interrupciones prolongadas; una duración que incrementa su valía, con un diseño de juego sabedor de lo que quiere y lo que no, de qué sensaciones y emociones quiere estimular y las que no.

Hay un momento inicial de duda, cuando vemos que podemos elegir la esperanza de vida entre la mayoría de Estados-nación del mundo (creo que solo se excluyen microestados), incluso los que están siendo masacrados y no son reconocidos plenamente en el escenario internacional, como Palestina. Es un momento de duda porque se nos presenta la opción sin saber nada más. Pasado un breve espacio de tiempo lo comprenderemos, y esa comprensión final refuerza el discurso general del juego: el de que el tiempo vuela y hay que aprovecharlo. Yo fui a lo fácil y escogí el país con una de las mayores esperanzas de vida, como Noruega. En este sentido, desconozco si conseguirlo con un país de esperanza de vida menor producirá otro desenlace o activará algún trofeo.

En cualquier caso, Time Flies nos anima a disfrutar de la vida, sin olvidar una crítica feroz: tendrás más tiempo para disfrutar de la vida cuanto más rico sea el país en el que vives. Simple, pero directo; breve, pero persistente. La idea se quedará revoloteando durante tu partida, la verás una y otra vez, como una mosca que no deja de incordiarte. Pero, a diferencia de la mosca, esta idea, este dato, es necesario. Esta dualidad entre aprovechar nuestro tiempo y conocer nuestro privilegio se convierte en un leitmotiv del juego, que nos hace habitar entre la esperanza y la incomodidad. Es, asimismo, un grito de agudeza al romper conscientemente la barrera entre la ficción y la no ficción.

Seleccionada nuestra esperanza de vida nos enfrentaremos a distintos escenarios (un hogar, una alcantarilla, una exposición artística) con nuestra lista de cosas pendientes. Este esquema de tareas nos da ya pistas de donde buscar, pero están alteradas por la metáfora; a veces las descubriremos gracias a ella, otras de casualidad. No será raro que al consultar la lista y ver tareas como «Hacer reír a alguien», «Iniciar una revolución» o «Reunirte con tu familia», te preguntes cómo demonios vas a conseguir algo así con una mosca.

Pero lo haces. Y la diversión crece a un ritmo paralelo al que exploramos cada escenario, sumando y memorizando donde está cada evento para ir completándolos en el orden más rápido posible. Aquí el juego muestra su mayor personalidad con la introducción de una regla temporal: la esperanza de vida que elijamos será el tiempo que tengamos para completar cada lista. En mi caso eran 87,7 segundos y conseguirlo a la primera os diría que es prácticamente imposible sin saber dónde está cada interacción de antemano. Nuestro contador de moscas irá creciendo a medida que lo vayamos intentando. Yo utilicé casi 70 moscas para completar el juego.

Lo fantástico, verdaderamente fantástico, es que, lejos de desanimarnos, este constante reinicio se convierte en un decidido estímulo, no ya solo por conseguir los objetivos, sino también por comprobar todas y cada una de las situaciones y objetos con los que podemos interactuar. Aunque no valgan para nada, aunque no nos ayuden a completar el juego.

Esta despreocupación por la inversión de nuestro tiempo en algo productivo, hace que Time Flies se sienta sincero, entretenido y filosófico. Incluso podía verse esa intencionalidad en el aspecto gráfico, en un blanco y negro lineal que recuerda mucho al de las primeras aventuras gráficas, como las de Roberta y Ken Williams. Tal es así que, por momentos, el juego deja de requerir la observación que parecía exigir y nos invita a disfrutar de la sencillez de la vida, de la calma, de vagar y hasta de vaguear. En una época como la actual, en la que nos bombardean desde todos los medios habidos y por haber con la idea del triunfo, del progreso, de no poder detenerte ni un momento a pensar si lo que haces tiene algún sentido, de hacerte rico…, en una época como la actual, decía, de un coaching de vulgar y grotesco estoicismo, Time Flies es radicalmente subversivo.

Podría escribir el final de esta crítica reclamando más niveles, más escenarios, más desarrollo, más trabajo, ¡quiero más, queremos más!, para poder seguir disfrutando de las aventuras de las moscas, pero estoy completamente seguro de que no es lo que querrían sus creadores. Y, por tanto, voy a trabajar sin descanso porque se cumpla su deseo.

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