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Cultist Simulator

YO despierto…Me despierta el contacto de ese frío que es el auténtico dueño de esta mascarada que llaman ciudad. Me desvela por última vez para que oiga el silencio, la breve y tenue vibración de la soledad, única compañera al principio y dueña de este final. Desde una cama que es tumba y es cuna enloquezco y veo venir mi gran y ulterior obra, un rito cuya ofrenda es este cuerpo que se revuelca por los rescoldos de la Forja de los Días. Llega la muerte, emisaria de la Reina de las Hormigas, que todavía huele a piedra y a luz nocturna, un hacha con cuernos en una mano, un dedo que me señala en la otra. De su boca escapa una cacofonía, una pasta hecha de todos los idiomas y de ninguno, fuera del alcance de los libros, y por fin lo entiendo: la Puerta tiene muchos aspectos, es araña, es ciervo y es pavo real, y a sus umbrales se agolpan Las Horas, guiadas por la Vagabunda venida de más allá de las arenas. Si me quedaran dientes, castañearían, royendo esta quietud que odio y que me envuelve y que me lleva; si me restaran fuerzas, apretaría los puños, me despediría del tacto de esta carne que se pudre y que pesa, de la que no he logrado escapar; si aún tuviese algo más que pedacitos de alma, los entregaría gustosamente como tributo, un pago terminal por observar al Vigilante en su casa sin muros para que su luz me calentase, me quemase, me abrasara y me calcinase.

Y así se abre la salida, pero por la rendija no escapa ninguna luz, no se derrama oscuridad alguna, solo la pura ceniza de la nada, ese polvo del que salí hace mucho tiempo y al que ahora vuelvo, porque salir es entrar, y todo gira, se repite y empieza.

Ya no sé quién soy.

Pronto olvidaré quién era.

Hay una incertidumbre que vertebra Cultist Simulator de principio a fin. Es la chispa que lo pone todo en marcha, como parte de un pequeño mensaje de introducción en el que se te dice que estás en una fría ciudad, más solo que la una y sin futuro a la vista. Es, también, el combustible que te mueve a experimentar para sobrevivir cada vez que la demasiada fascinación amenaza con despegarte los pies del suelo o la angustia irrefrenable te carcome cabeza, corazón y tripas. Y es, por último, el punto de llegada, pues todo termina cuando le encuentras una respuesta.

Durante las más de veinte horas que me llevó resolverlo, el interrogante no dejó de perseguirme tras cada muerte y cada fracaso, de retarme a cada frustración y cada lo dejo, de obsesionarme con cada retorno y cada una última vez.

“Cultist Simulator es un juego brillante, pero a veces cae presa de sus propias artimañas”

Porque aún con las rodillas peladas de tanto caerme y habiéndome tirado hasta del último pelo de esta cabeza que hervía de curiosidad y orgullo, no paraba de repetirme a mí mismo, una y otra vez, esa maldita pregunta: ¿y ahora qué?

Cultist Simulator basa su premisa en no definirse, en huir de explicaciones, en dejar que sea el jugador quien descubra por sí mismo cómo funciona su mundo, qué fuerzas lo controlan y qué caminos esconde tras su simplicidad aparente. Ello lo convierte un título durísimo para el recién llegado, que seguramente verá cómo su primera partida agoniza de hambre en un oscuro rincón o se consume, enferma, en una cama de hospital, sin saber bien en qué se ha equivocado para que su avatar acabe tan en la mierda. Pero quizá sea también por esto mismo que cada vez que uno logra avanzar unos milímetros, aún sin saber muy bien cómo lo ha logrado, sienta que esquivar un golpe sea toda una victoria.

Golpes que, por otro lado, uno aprende bien pronto a recibir de frente, casi dándoles la bienvenida, pues hay algo muy familiar a cada impacto, a cada muerte, a cada caída. Esta primera obra firmada por Weather Factory —compuesto por el tándem de Lottie Bevan y Alexis Kennedy— se cimenta sobre la vida misma, las trampas del día a día, la búsqueda de un sentido, un propósito y una salida. Todo el poder del videojuego concentrado en ese momento en que tomas una decisión, cuando juntas las cartas de un momento, un lugar y unas circunstancias con la esperanza de que algo bueno te ocurra.

TÚ cerrarás los ojos, consciente de que tus párpados no son opacos, de que a pesar de que los cierras la luz penetra hasta la retina: los Nombres de la Forja se detendrán, expectantes, sus pupilas inflamadas fijas en el arco de la hoja del puñal de los dedos de tu mano. La daga se hundirá en el pecho de Dorothy, o de Neville, o de Violeta, y al contacto con el filo su sangre ebullirá en cientos de pequeñas crepitaciones, un unísono de fuego que será la lesión en la piel de la palabra.  O al menos eso es lo que dice ese viejo libro que compraste en Morland, el día antes de que cerrara. Mientras la hoja baja, tan veloz que parece lenta, tendrás tiempo para recrearte en aquellos días lejanos en que el tiempo se te ulceraba muy adentro, perdido entre rutinas y mediocridad. Recordarás los paseos por la ciudad, los sueños entre sudores y aspavientos, a aquel maldito señor Glover que ni siquiera era capaz de mirarte a la cara cuando te despreciaba. ¿No fue esa misma Dorothy o Neville o Violeta la que puso final a todo aquello? Siempre tan diligentes, tan serviciales, tan dispuestas; ni siquiera se quejan, postrados en el suelo de esa sede de mala muerte, ofrecidas para encarnar a la Santa Herida. Y dudarás, la mano te temblará, los dedos se te agarrotarán, pero, escondido tras esos párpados transparentes, no verás la cara de ningún amigo, sino el rostro de una herramienta. Te dirás que todo es prescindible, que el hormigueo de unos huesos cada vez más blandos es demasiado insoportable, demasiado excitante, demasiado tentador. Y por todo ello, cuando los días se terminen y te des cuenta de que no estás listo, querrás volver atrás, aún demasiado ignorante como para entender que la única forma de hacerlo es, precisamente, llegando hasta el final.   

Cultist Simulator solo te pedirá una cosa: abrir bien los ojos, ahondar en lo visible, desenterrar lo invisible y observar. Toda la experiencia es un proceso de aprendizaje. En lo diegético, esto hará que todos tus avatares penetren poco a poco en los mecanismos de su realidad, acopien saberes, ganen habilidades y tejan una red de contactos que les garantice tanto la supervivencia como el progreso. En paralelo, como jugadores tendremos la oportunidad de aprovechar cada lección para descubrir los secretos de su lenguaje, la lógica de sus verbos explícitos y acciones implícitas, construyendo poco a poco una estructura mental que permita, llegado el momento, que todo encaje y se revelen las ansiadas respuestas.

Y no todas serán agradables; de hecho, muchas de las enseñanzas de Cultist Simulator son un escarmiento amargo, un darse cuenta de que, tras cada elemento de su cosmos, cada objeto, cada persona, cada lugar por el que pasamos existe una fuerza motriz, un elemento que lo guía y conforma su ser en el mundo. No hay ni una sola pieza de este simulacro de vida que no resuene con una creencia, que no se encaste en una ideología, que no tire de los hilos de la influencia en una u otra dirección, que no esconda un propósito.

Nada de esto está, por supuesto, falto de inconvenientes. Cultist Simulator es un juego brillante, pero a veces cae presa de sus propias artimañas. En su esfuerzo por descomponer la existencia en pedazos manejables termina por instrumentalizar hasta las mismas emociones de quienes lo habitan. La razón puede cuantificarse y dividirse en decenas de frentes diferentes, la pasión puede acumularse y convertirla en gasolina para los sueños y basta dormir el miedo para que desaparezca al salir el sol.

Hay algo de dulce perversidad en todo ello, pero también un punto de no retorno cuando la mayoría de los secretos temáticos y mecánicos de Cultist Simulator se revelan. Con las cartas sobre la mesa, el juego acaba convertido en una rutina algo anodina en continua búsqueda por el elemento que nos permita alcanzar la iluminación final y ver qué aguarda al final de la senda. Si bien pasan muchísimas horas hasta que esto ocurre y es algo que llega en los últimos compases de la aventura, cuando lo único que queda es agarrar el último pomo para abrir la última prueba, la dependencia que todo el sistema tiene del azar puede alargar el viaje más de la cuenta.

Hasta ese momento, Cultist Simulator es uno de los mejores títulos que lo indie nos ha traído en lo que va de año. Quizá debiera advertir que este no es un juego para todo el mundo, que requiere muchísima paciencia y la capacidad de encontrar valores en el videojuego más allá del puro espectáculo, pero quiero creer que cualquiera que le de una oportunidad encontrará algo que hará que el esfuerzo merezca la pena.

Esto es la vida misma, destilada y servida en pequeños naipes que demuestran que hasta del pavor se puede aprender y que la alegría y la ilusión excesivas pueden ser las más sutiles trampas. Jugar a Cultist Simulator es intentar sobrevivir mientras buscas un lugar al que dirigirte y encuentras qué es lo que te mueve, guiado casi por una obsesión que te empuja a actos cada vez más viles, pero también evita que te quedes por el camino. Porque si abunda en este son los finales, pero solo cuando uno se para y acepta alguno de ellos es que todo deja de moverse. Y de ahí no vuelve nadie, porque esa es la verdadera muerte: dejar de perseguir preguntas y conformarse con cualquier respuesta.

ÉL pasó de nuevo frente a aquella pequeña luna de cristal, fingiendo que no era cosa suya, que eran los pies los que decidían. Primero habían sido rumores, luego una llamada, como un picor sordo, el zumbido de un mosquito sobre la almohada. Algo le hacía volver una y otra vez a la vieja y destartalada tienda para perderse entre sus tomos y llevarse un pedazo de secreto a casa. Por aquel entonces no tenía nada: una razón dormida, una pasión olvidada y el dinero justo para no morir al final del día. En los libros de Morland había encontrado una última esperanza, primero alimentada por la curiosidad, con el tiempo movida por la pura gula. Página a página, texto a texto, la fachada de la ciudad se deshacía, dejando ver lo que ocultaba al otro lado por unas rendijas de las que escapaba el frío más frío que existe: el de aquello que no debe ser observado. En sus sueños apareció un bosque, un jardín de luces y senderos bifurcados que atravesaban el mar hasta llegar a sus mismos bordes, allí donde alguien había cavado un pozo hacia la entraña más profunda de la tierra y donde otro alguien había levantado un templo que arañaba la barriga de las nubes. Entonces se vio en lo más bajo de la pirámide, a los pies de lo que había descubierto llamaban los Mansus, un lugar en el que los ríos están pintados, las escaleras se construyen con cuchillos y hay un museo donde solo se exhiben gusanos. Miró hacia arriba y halló propósito. Vació los pulmones y encontró alivio. Afinó el oído y oyó unos violines.

Hugo Muñoz Gris
Hugo Muñoz Gris
Arquitecto e investigador canario. Mi padre me puso delante de una consola cuando era niño y ahora escribo sobre ello. Busco la felicidad en cajas del Overwatch y mi objetivo en la vida es conducir por la ruta 0 de Kentucky con Aya Brea de copiloto. Indie in the front, party in the back. La revolución será pixelada o no será.
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