Primeras Impresiones: ROCKBEASTS

Primeras Impresiones: ROCKBEASTS 3

Un coche discurre por la autovía en silencio. A lo lejos se divisa el sol no queriendo apagarse y los estragos que su reflejo causa en el mar. Y frente a ti una única acción: encender la radio. Tras una ligera duda (al fin y al cabo esto es un videojuego y está la costumbre de explorarlo todo para no dejarse nada) acabas cediendo. Una voz familiar te da la bienvenida al programa (efectivamente, es Iggy Pop) y empieza a entrevistar a una banda que fue grande hace quince años. No lo sabes, pero ROCKBEASTS también es tu historia.

Vuelves atrás en el tiempo, hasta inicios de los 90, con el hard rock a punto de morir y cederle el testigo al grunge. Encarnas a un manager musical venido a menos que acaba de citarse con una banda prometedora en el culo del mundo. Tu trabajo va a ser convertir a esos cuatro desharrapados en estrellas, y no va a ser un trabajo fácil. Porque tienen un material interesante pero ni idea de cómo conseguir tocar en cualquier sitio que no sea un tugurio, no saben promocionarse, su look da pena y probablemente si les dejes pasar demasiado rato juntos acaben por matarse. Pero no pasa nada porque tú eres un profesional.

ROCKBEASTS es un tycoon musical, básicamente. Y está dirigido especialmente al especialito que se sentaba contigo en el instituto y garabateaba nombres de grupos en el pupitre. Lo más probable es que si estás leyendo esto seas tú el especialito, ¿no? Por eso gran parte de su propuesta va más allá de lo estrictamente jugable y se asienta en una serie de guiños continuos a la industria musical, a los grupos que fueron grandes en las últimas décadas del siglo pasado y a una serie de géneros musicales que, si no conoces, probablemente le resten mucho impacto al juego. Me parece bien. No tendría demasiado sentido que un videojuego sobre la industria musical y las estrellas de rock no te pidiera que al menos el tema te interese, ¿no? Esa combinación de humor travieso y referencias además marida fantásticamente con la estética animalizada elegida, muy cercana a la de obras como Bojack Horseman.

Con esta complicidad dada por sentado lo que hay delante no difiere mucho de otros videojuegos de gestión. El protagonismo del loop jugable se lo llevan los conciertos, y en los turnos que tenemos hasta cada uno debemos hacernos cargo de la banda y sus necesidades. Hay tres puntuaciones que fluctúan: la salud, el hype y la moral; y una serie de actividades que sirven para recargar alguna de ellas a cambio de perder puntos en otra o de gastar dinero. Además tendremos una serie de oportunidades y misiones secundarias que nos darán desde difusión (la necesitamos para ganar más dinero en los conciertos) hasta inspiración (la usamos para «las habiliadades especiales»). No es demasiado desafiante una vez entendemos bien el sistema, aunque de cuando en cuando surgen eventos de historia que obligan a tomar decisiones que pueden penalizarnos y romper un poco el plan.

Y entonces llegan los conciertos.

ROCKBEASTS se convierte entonces en un videojuego de ritmo, pero primero toca planificar bien. Tenemos que elegir qué canción vamos a tocar (al principio sólo tenemos dos pero van desbloqueándose más a medida que subimos de nivel) y qué habilidades usaremos en cada segmento de la canción (por ejemplo, un solo electrizante o darlo todo al final). Hay habilidades gratuitas que dan muy poquita experiencia, pero la clave es aquí ir desbloqueando mejores opciones y combinarlas para aprovechar todas sus bonificaciones y reventarla con la canción.

Y ahora sí, descargamos la música sobre los fans. Por lo menos en los primeros compases del juego, esta parte es sencillita también. Usaremos la barra espaciadora y las teclas WASD y el objetivo es darles lo más sincronizadamente posible, con especial protagonismo de la batería (y la guitarra en los solos). Lo más interesante no es tanto el jugarlas como escucharlas, porque son canciones hechas para la ocasión y lo cierto es que funcionan muy bien. Un rollo muy garajero y muy noventero, no exactamente grunge pero limítrofe con él, que hace muy disfrutables los ratitos que estamos dándole a las teclas y fingiendo que somos estrellas de rock. Son un total de dieciséis y tengo muchas ganas de escuchar el resto de las que ofrece el juego.

ROCKBEASTS no llegará hasta 2026 y todavía le queda bastante que pulir. Pero lo importante es que funciona. Es muy fácil entrar en la historia que propone, reírse con los jueguecitos de palabras con bandas reconocidas que hace, simpatizar con las ruinas animadas que son los integrantes del grupo y vibrar con sus canciones. Lo fía todo a eso, al fin y al cabo, porque de resto como simulador es bastante normalito, pero es que eso no es lo importante. Lo verdaderamente importante es que si llega hasta el final y cumple lo que promete en sus primeras horas acabará haciendo muy felices a todos esos especialitos que garabateaban nombres de grupos en su pupitre. Que (no se me ocurre mayor mérito) podrá ser el único videojuego que guste a Rob Gordon.

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