A Plague Tale: Réquiem para les niñes

A Plague Tale: Requiem

(Este texto contiene spoilers explícitos sobre A Plague Tale: Requiem)

Del videojuego de Asobo ha habido un análisis exhaustivo desde el amor fraternal, el apartado visual, la recreación histórica, las mecánicas del juego, los cuentos tradicionales… Pero en sus entrañas, A Plague Tale también cristaliza una problemática grave en el medio: la utilización del abuso y el maltrato hacia el menor en las producciones. En post de conmover a les jugadores, se traslada contínuamente a la pantalla la tragedia de un menor ante la violencia, entendida en este caso como un compendio. Ellie (The Last of Us), Atreus (God of War), Clementine (The Walking Dead), Alice (American McGee’s Alice y Alice Madness Returns), Six (Little Nightmares), Niño (Limbo e Inside)… La lista sigue, sean protagonistas, secundarios o PNJ. Esto no es exclusivo del medio que analizamos, puesto que es cierto que la violencia aparece narrada constantemente en la mayoría de obras de ficción, a pesar de las voces críticas que demandamos menos peso de la misma y se incluyan los trigger warning.

Sin embargo, las particularidades del videojuego tienden a dos efectos que agravan la premisa expuesta: por un lado, la carencia de desarrollo y/o presencia de les mismes, por el otro, que sufren el mismo o peor impacto de sucesos traumáticos que les adultes en un contexto que lo hace, por la naturaleza del medio, más inmersivo. Enlazando ambos elementos obtenemos una identidad hueca, provista para lo que el videojuego demande, puesto que se despoja a les niñes de personalidad, necesidades y derechos verídicos en las producciones. La respuesta que escogemos consciente o inconscientemente es, en contraposición, romantizar los minutos en que el título nos regala “inocencia”. Fracturándola más tarde, con distintas tipologías de la violencia, como en A Plague Tale: Requiem, la colisión resulta devastadora, lo que, a fin de cuentas, es un recurso demasiado frecuente, elemental y discutible para perturbar, impresionar y estremecer a les jugadores.

Violencia intrafamiliar (contra la infancia y filioparental)¹·²

La violencia intrafamiliar es un cajón de sastre que engloba distintas tipologías. En A Plague Tale: Requiem, abundan en este sentido las que van contra la infancia y las filioparentales, puesto que las relaciones que se establecen entre madre, hija e hijo, y entre hermanos, generan dinámicas de maltrato entre sí. Como personajes arrasados por la desgracia, con traumas acumulados que eluden ante la inminencia de una catástrofe, mientras sobreviven en un mundo a menudo inhumano, el elenco inicial (Beatrice, Luca, Hugo y Amicia) nunca se repone. Siendo la adulta del grupo, Beatrice, madre de Hugo y Amicia, y maestra de Luca, parece ser quien debe ejercer el papel de responsable. Sin embargo, esto queda disuelto en las primeras horas del videojuego, porque tras escaparse de un pueblo arrasado y volver al carro familiar, después de que Amicia hubiese matado a varios hombres en defensa propia y en la de su hermano, el grupo es detenido. Reconocen a los hermanos, iniciando una de las muchas etapas de combate del título de Asobo que recaen en la protagonista.

Tras sangre, fuego y salvar a su madre, a su hermano y a Luca, los reproches llegan con más fuerza que anteriormente. Desde el inicio, la madre cuestiona a la hija, insistiendo en evitar cualquier sospecha y/o peligro. La trata como a una amenaza y a alguien que arriesga sin control el bienestar del grupo, siendo en una parte pequeña verdad. Pero Beatrice no atiende a razones, como verse involucrados en un genocidio, debido a la sobreprotección malentendida, en la que ni ella misma es capaz de protegerse a sí misma, puesto que, aun siendo la adulta, el bienestar personal afecta a los cuidados que pueda aplicar. De hecho, el bloqueo, fruto de las experiencias dañinas experimentadas por la madre, no solo perjudica a sus hijos, como veremos más adelante, sino que la incapacita, agarrándose como salvación a la meta primordial de su vida, el cual ya vislumbramos en la precuela: ayudar a Hugo. Por eso, hasta aquí, en la relación madre e hijos, se pueden desgranar dimensiones de violencia al menor pasivas (física y emocional), es decir, que se ejercen ante la no-acción, y activas (emocional).

Como decía, sobrepasada, la madre de los hermanos de De Rue actúa como castigadora y jueza, aunque no como alguien empático y comprensivo. Pero no puede gestionarlo. Los hechos traumáticos, que ya venían sucediéndose desde los primeros compases de la precuela y se han sucedido casi sin descanso (solo durante el camino hay un parón de tranquilidad), que han afectado a todo el grupo (Amicia, Hugo, su madre y Luca) y, por ende, al resto de las personas (recordemos es muertes y las ciudades enteras arrasadas), la afligen. Ella también personifica el trauma, puesto que cada persona responde ante él de una forma distinta. En su caso, esa incomodidad, ese dolor (vivió solo para cuidar a su hijo menor, perdió su hogar y a su marido, fue torturada, la obligan a abandonar a sus hijos…), esa culpa y esa impotencia ante el sufrimiento de sus dos hijos paralizan a la madre.

Por tanto, “deja” el cuidado a la hermana y las decisiones a otres adultes, invalidando la capacidad de ambos niños de poder, incluso, expresar las emociones. Porque ella también es una víctima. Sin embargo, su actitud deriva en otro maltrato, uno generado desde el abuso que ella misma ha vivido. Frente al comportamiento de su madre, quien se deja arrastrar por otras personas (la Logia) en busca de cualquier esperanza, desesperada ante la inminente pérdida de su hijo menor y el daño que soportar su hija mayor, Amicia focaliza su atención en su hermano y las emociones que la embargan, abandonándola. Entendiendo que su madre opta por una vía inerte y derrotista, e intentando ella misma agotar hasta el último recurso, la hermana mayor de los De Rue agrieta la relación entre ambas, tras diversas discusiones en que Amicia es apartada, eligiendo por convicción ser la Protectora de Hugo. Por mucho que su madre clame “Es mi hijo”.

Amicia también maltrata a su hermano. Cuando Hugo quiere parar de investigar, de luchar, para buscar un rincón donde ser feliz, es demasiado tarde. El niño ha pasado por tantas violencias por parte de les adultes (aquí encajaría Amicia, ya que para Hugo es la mayor, la responsable, y ella misma lo afirma constantemente), que La Mácula ya le ha poseído. Finalmente, es Amicia quien, a pesar de estar junto a Luca, debe empuñar el arma que matará a su hermano. Antes de eso, sin embargo, es Hugo quien le pide a su hermana que lo haga por el bien de todes. Pero esta no es una verdadera decisión consciente y libre, sino el efecto del daño y la presión que han ejercido contra él. En otras palabras, no solo se culpa al niño de las desgracias que han acontecido por algo que le mata lentamente y no ha podido controlar (y que, en primera instancia, el abrupto cambio de umbrales antes de tiempo ha sido provocado por otres adultes), sino que la responsabilidad final de pararlo, mediante el sacrificio (físico, emocional y psicológico), es de ellos dos.

Este es el culmen de las distintas violencias expuestas en A Plague Tale: Requiem, que abordaré en el siguiente apartado.

Violencia social

La ambición de les adultes es el acto que condena a los dos hermanos, porque quienes debían cuidar, amar y proteger a les niñes, escogen dañarlos, usarlos y condenarlos. Es más, les hacen partícipes de un mundo cruel, de una sociedad regida por la violencia en todas su vertientes. De hecho, es precisamente en la isla, en la cual un culto construído sobre la edulcorada y falsa historia del primer portador de La Mácula, un niño milagroso, donde es más escabrosa. Las relaciones que establecemos con les niñes parten del egoísmo visceral y del beneficio que pueda aportarles: herencia, abundancia, llenar un vacío maternofilial… A lo largo de todo el camino, es decir, desde la precuela, somos testigues del uso de les niñez como herramientas. Amicia, en su intento por proteger a su hermano, para la mayoría de golpes, pero en su impotencia por protegerle de lo que la mayoría pretende con ellos, cae en la desesperación y la culpabilidad.

Esa es otra violencia, tan intrínseca al funcionamiento social, que destruye prácticamente cualquier intento de reconstruir desde el cuidado y el amor que les niñez, en la primera y en la segunda entrega, procuran por sí mismes. No solo es el abandono por parte de gran parte de les adultez, con todas las secuelas que acarrea, sino la indefensión frente a quienes destruyen, con crueldad, sarna y burla, una y otra vez el hogar de les infantes abusando de su posición. No hay escapatoria ante el poder y la propagación de una adultez preñada de encarnizamiento, a excepción de huir y de la respuesta agresiva, legándoles a ese niñez una sociedad hostil y brutal que les moldea a imagen y semejanza. Incluso en los momentos en que algune adulte, como Arnaud, Beatrice o Sophia, se enfrentan a quienes dañan a les niñez, las consecuencias suelen ser nefastas. Conmigo o contra mí. Esto es, en el fondo, el mensaje de encajar o ceder ante un sistema que usa a cualquiera para conseguir sus fines.

Por si fuera poco, les adultes instan a les niñes a “madurar” a contrareloj y bajo esos estándares, eludiendo la individualidad y la edad de les menores. Es decir, se exige que acepten experiencias que une adulte no toleraría (que decidan por él) y a la vez que se sean resolutivos, inteligentes, estoicos, firmes, etc., y cualquier otra virtud falsa con la que se dedica definir el desarrollo pleno de un ser humano, pero sin que se respete los tiempos de la niñez. Amicia, como hermana mayor, es quien intenta cargar ese peso, protegiendo a su hermano, pero es algo que quienes les rodean también trasladan hacia Hugo. Él se muere y la maldición que carga destruye a su paso, teniéndola que controlar a su corta edad. Ella arrastra un estrés postraumático después de asesinar a cualquiera que se interponga, ejerciendo de madre y responsable del bienestar de Hugo, y también el de otras personas. Ante esto, desamparados frente al un mundo exterior e interior que se derrumba, Amicia y Hugo alzan una familia, un espacio seguro entre ellos, puesto que el mismo acto de respuesta ante el salvajismo les lleva a un curso destructivo frente al cual arañan instantes, recogiendo flores o visitando un mercado.

Pero la tragedia les arrebata cada tentativa, hasta que la verdadera Mácula rompe trozo a trozo su infancia: esto es, les adultes. No hay espacio para la infancia ni para la adolescencia. Apenas hay espacio para el amor. Solo la urgencia de la catástrofe, que, en el transcurso de A Plague Tale: Requiem, queda claro que si es así, es debido a la irresponsabilidad de les adultes. Como muestra final, cuando el Conde Víctor de Arles engaña a Hugo comunicándole que su hermana Amicia ha fallecido, La Mácula poseé completamente al niño, quien a visto una y otra vez como otres adultes mataban a sangre fría a sus seres querides. Nada más le queda a Hugo en el mundo, con lo que pierde el control. Esto resulta en el asesinato de Hugo a manos de su hermana, quien es la única capaz de acceder al interior de su hermano, puesto que el resto de personajes apenas han conectado con él, el niño más allá de esa maldición que le consume, y asumir un asesinato que “libera” de sufrimiento a Hugo ante la falta de respuestas y cooperación adulta.

Después de los créditos, una pequeña fase nos sitúa un año más tarde. Es aquí cuando sabemos que Amicia toma la decisión de encontrar al siguiente niño que nazca con La Mácula. Resignada, sin otros propósitos que quiera asumir, consagrará su vida a evitar que suceda una vez más lo que ella y Hugo, y Basilius y Aelia, tuvieron que padecer. De nuevo, carga con el peso del sentimiento de culpa y responsabilidad, que permanecerá con ella toda su vida junto al trauma. Amicia se contenta entonces con ir a la tumba de Hugo, que se ha llenado de vida (pájaros, flores, etc.), señalando otra vez la bondad de un niño que ha sido maltratado por quienes quería y por quienes lo vieron como una amenaza o una herramienta. Por mucho que la narrativa de A Plague Tale: Requiem quiera señalar que esa inmolación fue el deseo de una persona que amaba el mundo, dentro de ella se esconde la consolidación de una lección amarga: el sacrificio de un individuo, que es un niño, ha traído un nuevo comienzo lleno de esperanzas. ¿Seguro?

Violencia en el metajuego

Como parte de este embrollo, le jugadore acaba asumiendo la violencia que hace ejercer a Amicia como una pieza más del rompecabezas. Además de que el juego impide que ciertas secciones del título se hagan con sigilo, empujándonos o incluso quitándonos el control en cinemáticas clave, y en las que se tiende a ejercer la violencia en su máxima expresión (por parte de los hermanos u otros personajes), la ausencia de consecuencias reales y elegidas por partes de le jugadore, crean un axioma. Habrá diálogos por parte de otros personajes delimitando (“Ya van dos (muertos)”, “Amicia, ese no es el camino”, etc.), pero la historia y las mecánicas adolecen de una disonancia grave: sin repercusión alguna que podamos gestionar más allá de la pasividad (cinemáticas) o de la afrenta (niveles que en sigilo abarcan el doble de tiempo o que directamente el videojuego no te deja superar sin violencia), es decir, a la que nos obliga A Plague Requiem, es fácil caer en avanzar dentro del juego a través de actos violentos. Que digo fácil, no único.

Pero si es tan fácil, es porque en el fondo, tanto en los videojuegos como en la vida real, asumimos gran parte de la violencia que ejercemos y soportamos como algo corriente, usando la excusa de la necesidad o la habitualidad para ello. Es la normalización, que no solo acontece cuando tomamos entre las manos un mando, un dispositivo portátil o un teclado y un ratón, sino cuando interactuamos cada día en nuestra vida cotidiana. Aprendemos desde niñes, como Amicia y Hugo, a estandarizar y aplicar la violencia, dado que les adultes nos enseñan, de manera directa (explicándonos, y ordenándonos, si eso es lo esperable) o indirecta (observando los patrones de alrededor), y legan comportamientos que elles también asimilaron. El videojuego hace lo mismo, hasta que no queda nada para los hermanos, al igual que sucedió con sus ancestros en La Cuna. Entonces, nos dejamos arrastrar en el videojuego, lanzamos a las ratas y matamos a sangre fría a los responsables del asesinato de Beatrice, la madre de Amicia y Hugo, como venganza y como el germen de la desesperación contra un mundo que les arrebata lo que aman. Esa vivencia en el título de Asobo marca el punto de no retorno de dos niñes que su único pecado fue sobrevivir, resultando en el cénit de un crecimiento funesto hacia la adultez, marcada por la brutalidad y, como colofón, la inferida muerte.

A Plague Tale: Requiem es un cuento que nos deja una amarga moraleja: dentro de la escala de poder incrustada en el sistema, les niñes son uno de los colectivos más vulnerables. Aun en nuestra época, esa brutalidad sigue aconteciendo lejos o cerca de nuestras casas, con lo que es esencial una protección hacia les menores y una educación basada en la comprensión y en el amor, desde donde también les enseñemos a detectar y darles herramientas contra esas violencias. En nuestro papel de adultes, todes somos responsables de salvaguardar a les niñes, así como de concienciarnos de las violencias que ejercemos y detenerlas. Construir sociedades seguras, en las que niñes como Amicia, Hugo, Basilius y Aelia, tengan una infancia libre de violencia y sufrimiento, es nuestra obligación. El medio, en su afán de hacerse eco de dramas vigentes y/o impactantes, debe responsabilizarse de lo que muestra y de qué manera lo hace en sus producciones. Les jugadores, por su parte, aprehender a empatizar con esas historias desde el discernimiento de la problemática y el uso en la ficción, no solo desde la alegoría.


¹ Violencia intrafamiliar. Un término mal utilizado
² ¿Qué es la violencia intrafamiliar y cuáles son sus causas?

 

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